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La Poesia

La Santa Compaña.

Cuento

La Santa Compaña.

No hice más que salir de Sarria para ponerme en camino hacia la aldea más próxima cuando se me hizo de noche caminando sola por el sendero.

Según me dijo la hospitalera que regentaba el albergue donde paré a descansar la última noche de mi caminata, no había de qué preocuparse, dado que el camino, en esas fechas, estaba bastante transitado por peregrinos, turistas e incluso por los propios aldeanos que salían a menudo a pasear aprovechando el buen clima que tanto escaseaba en el Norte.

Lo cierto es que para ser octubre y acostumbrada al calor sureño de mi ciudad, me ví sorprendida por un frío al cual no estaba acostumbrada por esas fechas, que me obligó a estrenar la chaqueta polar e impermeable porque, dicho sea de paso, también me estaba protegiendo de la niebla densa y húmeda que me dejaba empapada la ropa y el cabello en esos momentos.

Salir de esa villa no fue difícil. Las indicaciones estaban bastante claras.

Llevaba mi mochila colgada con todas mis pertenencias y el calzado adecuado para transitar por los senderos rurales a los que iba a enfrentarme día tras día para llegar a la meta.

Había soñado durante meses con esos momentos pensando en cómo sería la trayectoria y en toda esa mezcla de sensaciones, emociones y vivencias a las que iba a ser expuesta durante aquél viaje.

Y allí estaba yo un siete de octubre a las ocho y media de la tarde. Casi oscureciendo y arrepintiéndome de la gilipollez de querer seguir un poco más adelante en lugar de parar dos horas antes y hacer noche allí. La idea resultó bastante insensata. Pero si había algo que me caracterizaba era precisamente eso, la insensatez en ciertos momentos de mi vida.

Llevaba más de media hora andando y aún no había ni rastro de la villa que se suponía que estaba cerca.

Lo único que había delante de mí era el sendero, campo hacia un lado y hacia el otro, compuesto por un bosque señorial de arboleda infinita como una selva interminable, muchas flechas amarillas que me indicaban la dirección por donde debía seguir caminando y alguna que otra casa difuminada en el bosque con aspecto de estar abandonada desde hace tiempo.

Como la oscuridad se hizo más que evidente al poco tiempo de empezar a andar, no aguanté mucho tiempo sin sacar la linterna en un intento de tranquilizarme ante el temor de encontrarme con algún animal salvaje o con personas que pudieran darme un susto de muerte al no tenerlas cerca de mi campo de visión.

De todas formas ya estaba asustada; pero no quería pararme a pensar mucho en eso dado que no me serviría para nada. A lo hecho pecho, como se suele decir en mi tierra, así que una vez que estás metida en la boca del lobo sólo te queda tragar.

Quería tener mi mente distraída y no parar de caminar para llegar cuanto antes a un refugio seguro y confortable para poder darme un baño de agua caliente, cenar algo y dormir como un bebé hasta el día siguiente.

Había escuchado muchas leyendas norteñas acerca de trasgos, duendes y otras apariciones, de meigas y otros lugares malditos y supongo que por verme en esta situación, todas se me agolpaban en la mente como si fuera un reloj al que se le da cuerda de forma inconsciente y ya no se puede parar por mucho que lo ignores. Por fortuna, si seguía a este paso, no tardaría mucho más en llegar a Morgade.

Morgade, a juzgar por lo que había visto en las fotos ,era una aldea muy pequeñita y pintoresca con varias tiendecitas de souvenirs y de provisones para los viajeros y con algún bar y albergue donde podría pernoctar. Si hacía noche allí en lugar de hacerlo en Sarria, me quitaría unos once kilómetros para el día siguiente. Cosa que se agradece porque llegas más temprano a la meta de tu próxima etapa.

No había desperdiciado tantos meses de preparativos para darme por vencida y salir asustada. Había ido allí a poner a prueba mi fortaleza y conocimientos. Exponerme a la aventura y salir de mi zona de confort por una vez en la vida.

En todas estas cosas estaba pensando justo antes de tropezar con lo que fue una raíz bastante gruesa que provenía de un roble centenario, que estaba bastante arraigada al suelo, pero era notablemente gruesa hasta el punto de sobresalir causando un desnivel que cruzaba de un extremo al otro del sendero.

Lo cierto es que iba tan distraída y tan absorta en mis miles de pensamientos para no perder mucho la costumbre, que no me dí cuenta y en un santiamén me vi cayendo y lamentando el dolor de mi rodilla.

Me había hecho una herida que no tardó en comenzar a sangrar y para colmo, con la caída, la linterna había salido rodando unos metros más adelante. La oscuridad reinaba en aquél momento. Los tenues rayos de la luna me ayudaban un poco, aunque no mucho. No había luna llena , lo cual quiere decir que la visibilidad no era tan buena, aunque, por lo menos, algo sí que me ayudaba y eso se agradecía bastante.

Como no había ni un alma, me quedé sentada en el mismo lugar de mi caída maldiciendo mi suerte sin dejar de quejarme por el escozor que me causaba la herida, recurriendo a ciertas manías infantiles que salen a flote cuando no hay nadie por testigo y te quejas ya por vicio. Cuando me aburrí de sentirme gafe conmigo misma, saqué mi cantimplora del bolsillo izquierdo del lateral de mi mochila y limpié la zona afectada con agua, porque era lo que tenía más a mano. Yo, tan precavida, como siempre.

No llevaba tiritas ni vendas, así que me quité el pañuelo que me anudé en el pelo para tenerlo recogido y me lo amarré a modo de torniquete hasta que dejara de sangrar. Por fortuna, no era nada grave. Sólo se trataba de una magulladura producida por el golpe, pero eso sí, resultaba ser bastante molesta.

Después de hacer mis labores improvisadas de enfermería, me metí un trago de agua en la boca dispuesta a saciar mi sed. No había transcurrido ni un segundo de deleite placentero por aliviar mis ansias de beber , cuando de pronto, me vi de golpe sobresaltada por una bandada de pájaros que volaban en dirección contraria a mi camino.

Parecían ser cuervos que graznaban emitiendo alguna señal de alarma que me dejó de piedra. Aunque no estaba muy segura, ya que nunca me interesé por estudiar las distintas especies de aves que pueden llegar a poblar el mundo. Sólo tenía referencias de la más conocidas y de algunas autóctonas. De nuevo, sentí a los pájaros graznando y volando agitadamente en dirección contraria. Esto hizo que me pusiera en estado de alerta. Una voz en mi interior decía que tenía que quitarme de allí cuanto antes porque se avecinaba algo bastante feo. Llegué hacia donde calculé que había perdido la linterna y aunque dí con ella no logré encenderla de nuevo. El golpe había hecho que las pilas salieran disparadas, y eso ya era más difícil de recuperar con la oscuridad de la noche. -“Vaya noche más completita”- pensé.

De nuevo, esta vez, escuché ladridos de perros a lo lejos y los árboles empezaron a mecerse de un lado a otro agitando su follaje como si un tornado estuviera a punto de manifestarse emergiendo de algún lugar provisto de la nada.

Algunas ramas se movían demasiado a pesar de que el viento, desde donde yo me encontraba,era casi imperceptible, como si una mano invisible las estuviera apartando para ceder el paso a…

-”¿ Una ráfaga de aire con olor a cera quemada?”-. Mi memoria rescató de un sólo golpe lo que eso podía significar.

No… No podía ser. Eso sólo existía en los cuentos. Imposible.” El miedo te hace pensar estas cosas”, me decía a mí misma. A pesar de que esa ráfaga me había llegado con la claridad más absoluta. Algo que era indiscutible.

Ya había leído alguna vez que la existencia de los cruceiros en Galicia se debía a un modo bastante antiguo y tradicional de protegerse contra aquéllas apariciones indesesadas en los caminos.

Solían estar situados en las encrucijadas, porque allí dichas apariciones acostumbraban a hacer su presencia, atemorizando a los caminantes más incautos y desperdigados que deambulaban de noche por los parajes gallegos. Según la tradición, si esto ocurría, el viajero no tenía más que subir los peldaños del cruceiro y permanecer en él hasta que desapareciera la amenaza para estar a salvo. Aunque esto no impedía que se aparecieran en otras zonas, lo cual, según la tradición popular, también era bastante probable.

Yo sabía que eran historias. Sólo historias. Y sin embargo, estaba pasando. En este momento, el olor a cera quemada era cada vez más persistente.

Una nube se movió y permitió que la luna saliera al paso con más esplendor, dejando ver un poco mejor el camino.

A lo lejos, creí percibir lo que parecía ser, una ráfaga de niebla de un color blanquecino anormal, tan distinta de la niebla a la que ya me había acostumbrado con resignación estos días anteriores y con la cual ya estaba familiarizada. Pero ésta a diferencia de la otra, dejaba el paisaje blanco como la nieve en plena noche haciéndolo más pálido y fantasmagórico.

Esta ráfaga de niebla a pesar de estar aún bastante lejana del lugar en el que yo me hallaba situada, se iba aproximando visiblemente hacia mi dirección.

Dada la distancia, calculé que en unos diez minutos estaría invadiendo mi posición.

No tenía tiempo que perder. Normalmente el miedo me deja paralizada. Pero mi instinto de supervivencia ante el hecho de hallarme en un lugar que no era el mío y completamente sola, afloró a la superficie haciendo que actuase de inmediato.

Invadida por esta fuerza, me dispuse a dejar el camino despejado, cargando mi mochila en un brazo y abandonando el paso para ocultarme tras unos árboles que estaban un poco alejados de la orilla del sendero. Allí, detrás de dichos árboles y oculta en el espesor de la maleza, podría ver sin ser vista, fuera lo que fuera todo aquéllo que venía hacia mí.

Por primera vez en mucho tiempo mi corazón latía apresuradamente. Noté que la adrenalina se me disparaba apoderándose de mi ser con un estupor que me hacía ver que aquéllo que estaba pasando era real. No eran imaginaciones ni eran leyendas ni cuentos creados por las supersticiones.

Me había agachado con ganas de hacerme invisible y querer desaparecer sabiendo que aquéllo cada vez estaba más cerca porque escuchaba el rumor, antes lejano, aproximándose poco a poco ,de unos cánticos plañideros de lo que parecían ser oraciones, que cada vez se hacían más claras y cercanas.

Inmediatamente, a modo de impulso, me vinieron las advertencias que tanto leí en todas aquéllas historias de leyendas que recopilé durante mi adolescencia en el instituto cuando aún me fascinaban ciertos temas y me atraían asuntos como las ciencias ocultas y otras cosas raras por el estilo.

Presa del silencio y la angustia, cogí una rama y sin demorarme mucho más, tracé un círculo a mi alrededor en la tierra cubierta por hojas secas y piedras para introducirme en él y empezar a rezar ciertas oraciones que ya tenía por olvidadas. O al menos eso creía, porque afloraron con bastante claridad sin quitarle ni añadirle ni una coma. Yo creo que en ese momento podía incluso hacer el uso del latín, porque hasta de aquéllo me acordaba, por culpa del cura del pueblo que las recitaba para dárselas de interesante y sabiondo en las misas de la catequesis. El cerebro humano es un baúl sin fondo que almacena hasta las cosas más insospechables que puedas llegar a vivir, aunque sean remotas.

Ya estaban llegando.

El olor a velas era cada vez más persistente. Se podía decir que me arañaba la nariz. A medida que iba respirando, éste iba pasando por mis orificios nasales hasta llegar a los pulmones e invadiendo también todo el espacio del bosque en aquél momento.

Desde mi escondite, pude ver, sin dar crédito a lo que mis ojos estaban presenciando, la aparición de un cortejo fantasmal que caminaba flotando en el aire y cuya existencia me permitía afirmar que se trataban de unas siluetas espectrales bastante livianas moviéndose de manera escueta y majestuosas por la tierra.

No sin mucho asombro, pude ver que no eran más de diez, formando filas hacia un lado y hacia el otro del camino.

Delante del todo iba una persona viva portando una cruz de madera presidiendo la procesión. Era su guía. Una víctima que no era consciente de lo que hacía y que se veía obligada a abrir el paso a la procesión siniestra.

Llevaban túnicas oscuras, bastante deterioradas y con unas capuchas semejantes a los ropajes de cualquier congregación de monjes (sin importar la época a la que pueda pertenecer el atuendo, porque poco han trascendido las modas por esas tribus urbanas), que no permitían mostrar sus funestos rostros.

Tan sólo mostraban a la luz unas manos esqueléticas que portaban los cirios de su maldita penitencia.

No miré fijamente más de un minuto ni procuré escuchar mucho el canto. Es bien sabido que resulta de mal augurio quedarse absorto con ellos y salir a su encuentro. Como si de Ulises con el canto de las sirenas se tratara, escuché y vi un momento prudencial más que suficiente sin intentar salir del círculo anteriormente trazado. No quise moverme en absoluto para no dar ninguna señal o atisbo de mi presencia. No podía. No me atrevía. En aquél momento era un animal asustado e indefenso que,aunque escondida, estaba bastante cerca de la amenaza.

Era presa del miedo. Estaba allí guardando la postura, concentrando todas mis energías con el sólo propósito de salvarme y de huir de aquél lugar lo más pronto que me fuera posible.

Cuando el olor a cera se difuminó prácticamente hasta extinguirse y ya no se percibía la niebla ni se oían los cánticos, me levanté con cautela.

Miré a mi alrededor bastante consternada y me cercioré de que el bosque volvía a estar de nuevo en calma y que no había más peligro.

Aunque he de admitir, que después de presenciar aquéllo, no sabía cómo sentirme segura hiciera lo que hiciera.

Tras la decisión de esperar varios minutos más por prudencia y sin abandonar la rama con la que tracé el círculo sirviéndome de bastón, seguí caminando despacio, esta vez sin prisas por llegar aunque en el fondo lo estuviera deseando y escondiéndome por la linde del sendero para no dejar de ser cautelosa. Quería ser la prudencia personificada, así que iba caminando como si fuera el silencio mismo para continuar el tramo que me quedaba siendo lo más invisible que la noche me ayudaba a ser.

Había visto aquéllo. No era un sueño ni era producto de mi imaginación. Las leyendas eran ciertas.

Aún así, era imposible contar esto a nadie. ¿ Quién iba a creerme a mí, y más, con la imaginación que tengo?.

Imposible. Hay cosas que por más que sean ciertas no se deben contar porque acabarían tomándome por loca.

Y así , barajando todo esto, hice el resto del camino.

Jamás pensé que iba a alegrarme tanto de ver el cartel que anunciaba la entrada al Concello de Morgade. Después de algo más de hora y media provocada por este suceso, la caminata, que se me hizo más larga de la cuenta debido al susodicho incidente, llegaba a su fin dándome la recompensa con la presencia de las primeras casitas de piedra de la villa y su debida iluminación con las farolas. -“ Bendita urbanización llena de humanidad”- Pensé.

Cuando entré en el albergue para preguntar si tenían habitación, el hospitalero, antes de preguntar mi nombre, sorprendido por mis tardías andanzas, me dijo:  -“ hija mía, qué haces a estas horas deambulando por la noche, es una locura con estos tiempos que corren, que podrían robarte, cuanto menos”.

Era evidente que no me había visto la cara porque cuando lo hizo, acto seguido, continuó:

-” Por el amor de Dios, chica, estás pálida, ha de ser por el frío de la noche porque parece que has visto a un fantasma, entra sin demora en el salón principal y caliéntate junto al fuego de la chimenea”.

Una vez allí, Alfón, que así se llamaba el buen hombre, me ofreció un plato caliente de caldo gallego que me supo a gloria y a continuación me invitó a un trago de licor que no rechacé porque necesitaba alegrarme un poco después de aquél fatídico encuentro y quería desconectar y pasar un rato agradable antes de irme a la cama.

Mi anfitrión me tendió el vaso y al terminar el primer trago me dio la botella para que yo misma me sirviera el segundo.

Leí la marca del licor para tomar nota de su peculiar sabor: “ la Santa Compaña”.

Me acordé del incidente en el camino y sonreí de forma nerviosa pero aliviada en aquél momento.

Miré a Alfón y éste me respondió con otra sonrisa.

-“ No creo en la meigas. Pero haberlas aylas”-  me dijo guiñándome un ojo justo antes de coger la guitarra que había en el salón de convivencia para peregrinos.

– “ haberlas aylas”- le respondí. Y acto seguido empezó a tocar unos acordes tan dulces como aquél licor que estábamos disfrutando.

Brindamos por las meigas hasta que las altas horas de la madrugada y las ascuas de la hoguera nos hicieron ser presos del silencio, ya dueños de un remanso de paz de aquéllos que se sienten cómplices tras compartir un secreto sin necesidad de ser pronunciado.

Pude haber sido abogada, enfermera o psiquiatra, pero nunca me han gustado las normas, soy una herida incurable y para esta locura ya no hay remedio que valga, así que soy poeta de nacimiento.

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