Connect with us

La Poesia

EL HOMBRE DE LA FÁBRICA

Literatura

EL HOMBRE DE LA FÁBRICA

EL HOMBRE DE LA FÁBRICA

EL HOMBRE DE LA FÁBRICA

 

 

A Fabian Aiceburu

 

 

El hombre de la fábrica

toma las horas y las tañe como a laudes;

descuelga del cielo el sol

para llenarse de luces los bolsillos,

anda de paso en largo

dejándose una estela

de sangre y de luciérnagas.

Sin embargo, el hombre de la fábrica

no lo es…

 

El hombre de la fábrica

podrá de todos sus colores

decirte cómo se llaman en secreto

una a una las abejas y los sueños

que se guarda en el macuto;

mas ha sabido bautizar,

también, al ronquido de los relojes

y a la voz que gruñe como de hambre

dentro, muy adentro, casi fuera del planeta

cuando debe enhebrar una canción.

 

El hombre de la fábrica no cabe en sí mismo

(un día de puro verso reventó la camiseta)

y a sí mismo como un árbol

todo el tiempo está creciéndose

de renuevos, pájaros y tierra,

por lo que se ha mandado hacer y con su carne

dos pequeñas flores que le guarden

que le nutran y le pinten de risas

y apresurados pacitos

los ventrículos del corazón.

No obstante, el hombre de la fábrica

no lo es…

 

El hombre de la fábrica

está siempre multiplicándose

de panes y de turnos

en la mecánica conversación de la fila

en la carcajada de la mesa

en el aliento de la mujer que lo sostiene

que lo recibe, lo hace nuevo, lo convierte en ella.

Pero el hombre de la fábrica

no es el hombre de la fábrica…

 

Se parece a todos los hombres

de todas las fábricas

de todos los tiempos: adelantándose al sol

y apenas llegando tras intuir el ocaso;

se deja los años desde todos los años

donando su sangre

al intestino de un leviatán de hierro.

Si no se llamase Esposo Padre Hijo Hermano

conservaría sólo el nombre

que le estamparon en recursos humanos

y el mono que se calza sobre su traje de faquir

confeccionado por mariposas.

 

El hombre de la fábrica no puede comprar cansancios

en cambio dispone de todas

las letras que le enseñó la vida

para hacerse un reino de lirios y estrellas.

El hombre de la fábrica conoce todos los mundos

a los que le han llevado sus zapatos,

tiene alas de papel y cien ojos en las palmas de las manos

así es como ha conseguido

vislumbrar la desnudez del alma

de todas las cosas y de todas las cosas

empapar la prístina sencillez

de su propia alma expuesta.

 

Sin embargo, el hombre de la fábrica

no es el hombre de la fábrica

es la fábrica y es el hombre.

Es un poeta de incógnito.

Trova retratos vivos de cada día

con un lápiz de hueso y la tinta de su muela.

El hombre de la fábrica

es un sentidor camuflado de operario

de hombre.

Es el vate y es la lira;

la mano que toma el desayuno e inicia la secuencia.

 

El hombre de la fábrica no lo es,

es la poesía de su propia existencia

aprendiendo a escribirse.

 

 

 

D.R. ©Daniel Mendoza, 2017

Yo nada soy —¿Quién soy?—. Una gota de agua que se evapora en el desierto, acaso. El grito parturiente de un recuerdo que se despeña en los fosos de la memoria. Un día que cae llorando, cae por siempre, y caigo yo. Lo mismo que el desierto yo soy nada y lo soy todo. Espejismo del ocaso habiendo vivido un día. Habiendo vivido un día, me voy yendo con la noche. Contracorriente, frío y vil, nada yo soy, acaso de un tibio cadáver reminiscencia. Daniel Mendoza

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

More in Literatura

To Top