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La Poesia

Literatura

TRES CUARENTA

TRES CUARENTA

TRES CUARENTA

 

Comencé a sacarme la piel por el dedo índice de la mano izquierda. Primero como un pueril reflejo que distrajese el ansia por algo que jamás me fue posible precisar; algo escurridizo, algo vago, como una picazón que no se dejaba rascar. Al principio fueron sólo diminutas tiritas de tejido, transparentes como la cáscara de la cebolla, frágiles como el papel del cigarro. Mas pronto me animó la necesidad de hacerme sangre, de retorceme ante el dolor y la visión de mi propia carne abierta; sí, así fue como me volví adicto a desollarme. Cada noche me pelaba un dedo, dos; luego la palma completa. Hacia el fin de semana me había sacado ya la piel hasta el hombro: el músculo y los tendones comenzaban a secarse, cobrando el color de las ciruelas. Las moscas me asediaban como los romanos a Masada; centenares de larvas plagaron mi putrefacta y pestilente carne. La convulsiva orgía de aquellos gusanos hinchados de amarillo solía inducirme accesos de risa tales, que pronto fui arrojado lejos de la compañía de los hombres. Naturalmente agradecí el honor del ostracismo, pues estaba convencido de que el tufo humano había fomentado aquel estado de ansiedad desolladora. Pese a ello, una vez instalado en el más confortable rincón que me fue dado hallar en aquel alegre monte, la comezón en mi cerebro no remitió; por lo contrario, centuplicó la virulencia con que solía acuciarme. Ha pasado un mes desde que mis dientes y uñas tuvieron la brillante idea de librarme del dérmico estorbo que tanto a mis congéneres me asemejaba. Las moscas se han ido. Ya no he vuelto a sentir aquel picor que me recorriera la mente desde todos los puntos y desde ninguno a la vez. El sol, los chacales y otras sabandijas han terminado de blanquear mis huesos, y por fin me he reconciliado con el sueño y hasta con mis hermanos humanos. Al fin duermo tranquilo, ligera, descaradamente tranquilo.

 

 

 

©Daniel Mendoza, Lamiendo Navajas 2017

Yo nada soy —¿Quién soy?—. Una gota de agua que se evapora en el desierto, acaso. El grito parturiente de un recuerdo que se despeña en los fosos de la memoria. Un día que cae llorando, cae por siempre, y caigo yo. Lo mismo que el desierto yo soy nada y lo soy todo. Espejismo del ocaso habiendo vivido un día. Habiendo vivido un día, me voy yendo con la noche. Contracorriente, frío y vil, nada yo soy, acaso de un tibio cadáver reminiscencia. Daniel Mendoza

1 Comment

1 Comment

  1. Carlos

    12 enero, 2018 at 5:43 pm

    Simplemente genial, asombroso, me encantan los universos que creas con tu pluma!

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