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La Poesia

UNA NOCHE EN NOVIEMBRE

Literatura

UNA NOCHE EN NOVIEMBRE

UNA NOCHE EN NOVIEMBRE

UNA NOCHE EN NOVIEMBRE

 

—¿Qué demonios ocurrió aquí?

—Ya lo ve, mi teniente. A alguien le dio por sacarle los bofes a <<picaportazos>> a la vieja esta.

—Hummm.

—Oh, lo siento, mi teniente… Había olvidado que…

—Descuide, Gutiérrez, descuide. Ejem… Continúe, por favor.

—Adelita Gómez de Pardo, así se llama… llamaba. Viuda, pensionada y al parecer, hipocondríaca. 76 años. Es todo lo que sabemos hasta ahora…

—¿El crimen?

—Pues sí, como le decía, mi teniente. Alguien se despachó a esta vie… a esta mujer de la peor manera posible. Según cálculos del doc, todo ocurrió hace un par de horas. Primero trataron de asfixiarla con una almohada, pero… supongo que el asesino se aburrió pronto, usted ya sabe lo difícil que es <<cargarse>> a alguien con una almohada, por más vieja que sea la… víctima. Así que el tipo este tomó aquel picaporte, posiblemente lo desmadró después de forzar la puerta, y se lo ensartó a la vie… a la víctima, a doña Adelita, por todos lados, mi teniente.

—¿Un solo asesino, entonces?

—Todo indica que sí, mi teniente. Mire, a este tipo no le desagrada el desorden, dejó todo hecho un batidillo. Mire, después de pisotear todos los charcos de sangre que encontró…

—Hummm… —el teniente Noviembre Gonzáles Ronzales encendió un cigarrillo antes de apoyar la mejilla izquierda contra el marco de la puerta, cual si comenzando por el rostro quisiese hacer desaparecer toda su frágil humanidad al interior de la fría madera. La pequeña habitación se encontraba sumergida en una tímida oscuridad. Todo olía a sangre, la alcoba, el pasillo, la voz de Gutiérrez y el pensamiento.

—Sí… sólo hay un par de huellas… de zapatos… como del siete…

—¿Dactilares?

—Sí, también, y por toda la casa, mi teniente, incluido el picaporte. Pero habrá que esperar para descartar las de la vie… víctima y su hijo…

—¿Hijo?

—Sí, mi teniente. ¡Oh, discúlpeme, se me había pasado hablarle del hijo!… Mire, los vecinos dicen que la vieja vivía con su hijo, un malhumorado sujeto entre veintitantos y treinta y tantos. Actor, o desempleado, nos han dicho… Aún no lo hemos localizado y…

—Ninguno de ésos vecinos escuchó ni vio nada, supongo. —Dedicado, aún, al infructuoso deseo de desaparecer mediante osmosis en el marco de la puerta, el teniente Noviembre dejaba que el cigarrillo se consumiese solo entre sus dedos. Por el momento, sus ojos ya se habían evaporado tras el amasijo de carne sanguinolenta que sus gafas reflejaban.

—Lo de siempre, declararon todos, al menos todos los que prestaron atención. Alrededor de las nueve, la vie… doña Adelita y su hijo…

—¿Tienes el nombre del hijo?

—Armando. Alrededor de las nueve, doña Adelita y el buenazo de Armando comenzaron su cantaleta de siempre. Una sarta de gritos, gruñidos y dimes y diretes que no viera, mi teniente. El caso es, según los vecinos, que la vie… la víctima y su hijo desaparecido vienen cantando las mismas rancheras desde toda la vida. Por tal razón, al parecer, nadie se sorprendió con el numerito de hoy. Con semejante costumbre, el hijo, o cualquiera de sus amigos desempleados, bien pudieron tronarse a todas las rucas del mundo en esta pocilga, mi teniente, y nadie ni enterado…

—Hummm. ¿Quién realizó la denuncia?

—¡Ah, sí! Eso es muy importante, mi teniente, porque si ese borracho del apartamento del al lado… ¿Cómo se llama?… Ah, ya, Martín, Martín Adrián Nosécuántos. Si el tal Adrián no hubiera sentido a la Calaca soplarle la oreja gracias a una cruda que ni le cuento…

—Un momento, Gutiérrez —el cigarrillo se apagó entre los dedos del teniente y éste lo dejó caer sobre una mancha, seguramente hemática, en el piso. Una ligera vaharada a carne quemada entre ambos policías. El teniente, sin despegar el rostro de sobre el marco de la puerta, cruzándose de brazos—. Ese tal Martín Adrián, ¿no es el mismo sujeto que hace un par de meses juraba haber recibido una fantasmagórica carta de su novia desaparecida… la señorita Miranda Díaz Gómez?

—El mismo, mi teniente. Pues mire, desde entonces al tal Martín Adrián se le brincó la cadena. Su padre, el industrial ese, Quinteros, lo internó en un sanatorio para deschavetados, pero el Adriancito se fugó a las pocas horas. Y desde entonces anda vagando y arrastrando las penas hecho una cuba, y un chiflado de primera. No hace un par de semanas que se hospeda aquí. Aún jura y perjura que a su prometida se la cascaron un par de maricones… su propio hermano, el hermano de Adriancito, Hugo, y un amigo de éste, Leonel Noséqué. Que la difunta se lo dijo de puño y letra y vaya a saber usted qué cuentos más. El caso es, mi teniente, que el Adriancito, sabrá Dios bajo qué circunstancias, hizo muy buenas migas con la vie… con la difunta señora Adelita. Así que hoy, a los pocos minutos de que la doña colgara las pantuflas, pues que viene el Adriancito que dizque pa’ pedirle al fiambre este un remedio pa’ la cruda que se cargaba. Total que encuentra la puerta abierta, pero ni remedio ni nada, con lo único que se topa es con setenta kilos de carne molida en la cama…

—Hummm…

—Sí. Lo siento, mi teniente…

—Hummm.

—Mi teniente… ¿sería posible que el Adriancito…?

—Lo dudo mucho, Gutiérrez. Quinteros sólo es un estúpido ebrio trastornado. De cualquier manera, llévatelo.

—¿Y usted, mi teniente?

Antes de responder nada, el teniente Noviembre Gonzáles Ronzales encendió otro cigarrillo que no fumaría.

—Yo, Gutiérrez, yo iré tras el chico Pardo.

—Fue él, ¿verdad?

—Si no fue él, hay algunas cosas que tiene que explicarnos.

—Pero…  Mi teniente… ¿usted solo?…

—Termina aquí, Gutiérrez. Más tarde nos veremos en la delegación.

—Pero… ¿Dónde lo buscará?…

No tenía que buscar, él ya sabía dónde dar con Armando Pardo y en compañía de quiénes lo encontraría. De la misma manera que conocía a profundidad los sentimientos encontrados que, ante la sola idea de entrar <<ahí<<, le acometían.

La calle olía a perro mojado, a perro muerto, a perro humano, a orines de perro y humano mezclados sobre una capa de comida frita en manteca rancia. Una alfombra de emanaciones serpeaba sobre el pavimento, y el teniente Noviembre comenzó a temblar. Si lo hacía de angustia, frío, miedo o excitación, nadie podría asegurarlo, ni siquiera él mismo.

Los callejones de La Gran Piedad se encontraban tan desiertos como ignorar a sus moradores se quisiese, y el Teniente Noviembre podía ignorar el peligro latente, mas nunca los cuerpos de los que provenía. Conocía perfectamente bien aquel laberinto de casuchas y comercios quebrados, por ello eligió el caminó más largo. No tenía prisa, y dar con el posible victimario de doña Adelita Gómez de Pardo le importaba tanto como el hombre que se desangraba a su izquierda, bajo la acera.

 

Su paso era vertiginoso, oscilante, llevaba ambas manos dentro los bolsillos del pantalón. Sus ojos, insignificantes tras el cristal de las gafas, escudriñaban con la avidez de un hurón las formas vedadas por la piel de una noche roja. Al fin se detuvo, el tiempo suficiente para encender un cigarrillo que permanecería inmóvil entre sus labios hasta consumirse por completo. Volvió a ocultar las manos en los bolsillos, reanudó la marcha, esta vez lentamente; aquejado por la erección que no pretendía disimular, y fijó sus ojos de hurón codicioso sobre la fila de mujeres que, a su diestra, ofrecían toda clase de placeres.

—¡Malditas putas de mierda! —mascullaba, entretanto cinco avejentadas señoritas le rodeaban—, las encarcelaría a todas si no tuviese ya entre manos una misión más importante.

 

Pero la verdad era que el Teniente Noviembre Gonzáles Ronzales, el emérito sabueso de <<La División de Lácteos y Carnes Frías>>, se encontraba felizmente petrificado al centro de un colorido círculo de manos y muslos. Tras el zumbido que inundaba sus oídos: un coro de ofertas, regateos y proposiciones, a su entender, pornográficas. Su mente daba vueltas, persiguiendo los sinuosos presagios de una multitud de hadas semi desnudas. Sus ojos ansiaban morder un seno, cualquiera, el primero que se detuviera a la correcta distancia; temblaban sus piernas, un enorme vacío le devoraba las vísceras y aquella erección dolía como un carajo.

 

—¡No! ¡No! ¡Mamá, no! —gritó, abriéndose paso a empellones, tres mujeres cayeron rodando sobre la acera, una lluvia de piedras e insultos cayó sobre la espalda de un Noviembre que perdiéndose en la sombra doblaba la esquina—. Jamás tocaré a una piruja, mamá. Te lo prometo —y, literalmente, lo había cumplido—. ¡Jamás, jamás, jamás, mamá! ¡Soy un buen hijo, soy un buen hombre! —las lágrimas lo enceguecían, el moco le impedía respirar; tallaba su hombro derecho contra la pared de un almacén desvencijado, y bajo las manos la erección le dolía más que nunca.

 

Cayó de rodillas, mas al instante se incorporó. Enjugó la humedad en todo su rostro y esbozó una parca sonrisa. Había salido victorioso de su premeditado encuentro con <<Las Ninfas de La Rue Zno>>y ello potenciaba su excitación, clarificaba sus objetivos. Ya no había temor ni duda en su interior, sólo el avasallador deseo por continuar sondeando la noche en los callejones de La Gran Piedad. Sólo el hambre de sus ojos, aquella obcecación vampírica por las formas y acciones de los moradores de semejante purgatorio. Y volvió a sonreír.

Delante, sobre el basurero que pavimentaba la avenida del rue Sario, un hombre abofeteaba a una mujer enfundada en un enorme abrigo gris. Los atenuados lamentos con que ella respondía avivaban la violencia del hombre e intensificaban el dolor de Noviembre. Noviembre, agazapado tras un poste de cableado telefónico escuchaba más que observaba. El seco impacto de un golpe, un agudo chillido, un ronco jadeo musicalizaban las imágenes que el acelerado cerebro del teniente iba desplegando. Era su mano la que desgarraba aquel enorme abrigo gris. Era la aspereza de su mano la que absorbía el calor de unos senos trémulos y suaves, era su mano la que oprimía el filo de una navaja sobre el cuello palpitante y sudoroso, era su mano la que escarbaba entre una mata de vello sonoro y rizado. Era su saliva la que en gruesos hilos translucidos caía sobre la boca de ella. Eran sus jadeos, porcinos, prologados, los que acallaban el dolor de ella. Era tan agudo el padecimiento de su miembro que abrió los ojos sólo para encontrar la exacta coincidencia entre la secuencia de imágenes y sensaciones discurrida en su cabeza con los acontecimientos desarrollándose a media avenida.

 

Y volvía a ser su mano la que se impactaba sobre la mandíbula de aquella mujer semiinconsciente, la que recibía el escupitajo destinado a lubricar un sexo caliente, tumefacto. Sus dientes, quienes tiraban de un labio extraño; su pelvis, la que embestía con saña y voracidad inauditas. Qué fricción más enervante la de su vientre contra el vientre de ella, qué mezcla embriagante el aroma de los cuerpos, la sangre y la putrefacción alrededor; el pavimento expuesto al frío nocturno, efluvios de alcantarilla, raíles calientes, aceite de locomotora, lágrimas y cabello. Era Noviembre el hombre sobre… Era la vieja desfigurada y fría sobre un charco de su propia sangre, eran pedacitos de hueso y carne adheridos a la pared; era un picaporte manchado incrustado en el anillo inguinal de Noviembre. Era un hombre desangrándose bajo la acera. Era el aroma a vísceras tibias en una diminuta habitación, era el humo de un cigarrillo colgando de la nariz de Gonzáles. Eran veinte putas oprimiéndole los testículos. Era la noche metiéndosele por los ojos para vomitarse en su sangre y agusanarle el cerebelo. Era la mugre de La Gran Piedad fermentando en el estómago. Era él Armando montado sobre su madre.

 

—¿Ve… verdad que te gusta, putita…? —era su boca, la que hablaba por la boca del hombre—. Sí… sí qué te gussssta… Eso… eso es, lindura… mira que buenas tetasss… Mmmm… Sí… Yo te gusto y tú me gustassss… mmm…mamacitaaaa… Sí que te gusta… te gusta… te gustaaaa… ¿La sientes? ¿Puedes sentirla? Siiií… sí la sientes… Nunca has sentido una mejor… Nunca te han dado… nunca… nunca te han dado… nunca te han dado… ¡Ahhh!

 

Eran los espasmos del hombre los de Noviembre; era Noviembre quien por el hombre eyaculaba. Era el teniente Noviembre quien se marchaba mientras, sobre el basurero que alfombraba la avenida, aquel hombre y aquella mujer permanecían inmóviles y callados.

En la esquina siguiente encontró un taxi. Lo abordó, animado y sonriente. La próxima noche continuaría con la búsqueda del asesino de la vieja y de otros más, cuyos expedientes seguramente se acumularían en las horas siguientes.

 

 

©Daniel Mendoza, Los Cuentos de la Rue Zno 2015

Yo nada soy —¿Quién soy?—. Una gota de agua que se evapora en el desierto, acaso. El grito parturiente de un recuerdo que se despeña en los fosos de la memoria. Un día que cae llorando, cae por siempre, y caigo yo. Lo mismo que el desierto yo soy nada y lo soy todo. Espejismo del ocaso habiendo vivido un día. Habiendo vivido un día, me voy yendo con la noche. Contracorriente, frío y vil, nada yo soy, acaso de un tibio cadáver reminiscencia. Daniel Mendoza

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