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La Poesia

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Indagando, cavilando, en solitario sobre las extrañas muertes de niños en sus propias casas; en sus propias camas, y a quienes el fatal desenlace llegó mientras dormían (supuestamente), luego de varias noches de pesadillas y nocturnos temores, y a los que relacionaba el fantástico suceso de haberse encontrado bajo sus camas una puerta dibujada con tiza blanca, me dormí un buen rato sin haber llegado a conclusión alguna. Cuando desperté, el tiempo no dejaba de correr, las plantas de crecer, yo de envejecer y los niños de morir; tuviesen de nacidos meses, seis, ocho, doce o dieciocho años y se hubiese o no encontrado bajo sus camas una puerta con tiza blanca dibujada.

Consciente de que no podría, ni me importaba, llegar yo a solucionar éste diabólico misterio siguiendo la línea fantasmagórica, mística y supersticiosa que de los hechos trazasen los diarios, los afectados y los chismosos del barrio en las esquinas, en las cantinas, en los mercados y las peluquerías, me dispuse a dormirme otro rato. Para despertar luego y confirmar a sí que el tiempo seguía corriendo, las plantas creciendo, yo envejeciendo y los niños muriendo sin que nadie, y menos yo, pudiese hacer nada para cambiarlo.

 

Creí que tras éste nuevo, necesario y bien merecido sueño, la nota roja de los pequeños infartados con dibujos de puertas blancas bajo sus camas —a algunos no sólo les encontraron dibujos de puertas blancas bajo sus camas, sino también juguetes olvidados, zapatos olvidados, comida olvidada, revistas indecentes no olvidadas pero si ocultas y vaya a saber Dios que más porquería— habría desaparecido ya de mi mente, habría dejado ya de ocupar dos mega bites de capacidad en mi mente, pero no fue así. A mi mañoso y aún medio adormilado cerebro acudió nuevamente el misterio; rondando y rondando como rondan las moscas la mierda antes de decidirse, y después de hacerlo, caer y atragantarse sobre y con ella. Nuevamente consciente de que yo no podría ni quería resolver el enigma —sí, esto ya lo dije, pero por eso enfaticé con el <<nuevamente>>— según el carácter <<extra y paranormal>> que el populacho pringoso y piojoso le daba al asunto y con lo cual se libraba de pensar, y por ende, de solucionar con parámetros lógicos, es decir, no sólo se libraba de pensar, sino de actuar dejándolo todo a la voluntad de la temblorosa mano de Dios misericordioso y asesino de niños, me di a la tarea de deducir una posible explicación, no a ese misterio, ni mucho menos a desenmascarar un presunto infanticida y graffitero, sino a un propio: personal y muchísimo más importante acontecimiento que poco o nada, en mucha o ninguna medida se relacionaba, se emparentaba, se parecía, al menos en cuanto a modus operandi se refiere, con el caso de los niños muertos bajo cuyas camas se encontraron además de bártulos, pornografía y restos alimenticios olvidados, las claras huellas de una puerta dibujada con tiza blanca. En fin, el caso que a mí me afectaba, que a mí me competía en esos momentos, era la fantástica, extraordinaria y pervertida desaparición de mis zapatos la noche anterior. Sí, mis zapatos tan caros y tan indestructibles botados por éste mismo que les habla bajo la cama y la noche anterior luego de retornar medio muerto tras una larga y agotadora noche de… negocios, sí.

 

Sí, y es que a veces no sólo al mirar bajo la cama encuentras una puerta con tiza, harina, cal, crayola o ceniza pintada; sino una puerta de verdad, con todas las de la ley, una puerta real y autentica construida según las normas más estrictas sobre la portería, o bien, ya no una puerta, sino un boquete, un brocal, un hoyo, una boca mina, la entrada a un túnel del tamaño de un perro, pero de un perro de los grandes, como un Doberman, un Pastor Alemán, un Mastín Napolitano, un diputado o un caballo, por donde se han metido a desvalijarte durante la madrugada los rateros. Cómo no sufrir un susto asesino si al despertar no sólo encuentras semejante agujero sino al mismo ratero con tu equipo nuevo de sonido o tu recién adquirido reproductor 4K en los brazos y mirándote lujuriosamente mientas de sus labios escurre la baba. Quién no sufriría un infarto masivo al miocardio con semejantes buenos días. Qué país de monstruos, qué país de pinches monstruos rateros bajo la cama, en la cocina, en la ventana del bañó, en la oficina, en la rectoría, en la presidencia. Todo esto lo pensé, lo intuí, lo hilvané, lo deduje y lo cotejé con respecto a mis zapatos y la muerte de aquellos niños tras haber sufrido un infarto fulminante al miocardio, aunque yo no sufí más que una jaqueca, pero lo de los zapatos nada tenía que ver con ella, sino más bien el… jugo de uva, sí, jugo de uva muy frío que bebí ayer por la noche y al llegar a mi casa, antes de sacarme y botar los zapatos bajo la cama.

 

Y así fue que al levantarme del suelo, volver a la cama, volver a dormirme, despertar y volver a levantarme medio mareado, medio jodido, me desvestí para volver a vestirme. Pero ¡oh sorpresa divina de la creación compartida de Dios!, al mirar bajo la cama en buscando mis zapatos me encontré con que habían desaparecido.

En efecto, querido teleauditorio, mis zapatos no estaban, desaparecieron, se esfumaron, evaporaron, desvanecieron, desintegraron, o vaya a saber el papa qué cosa; si es que acaso unos zapatos o cualquier porquería puede desaparecer por sí misma sin dejar el menor rastro de su transformación a nada. Esto sólo lo pueden los presidentes al terminar sus mandatos, pero que yo sepa mis zapatos ni eran el presidente ni habían terminado su mandato.

Mis zapatos habían desparecido, pues, y no por obra de los Tres Santos Reyes, seguramente. Sino despeñados en la boca de un narco-túnel —que encontré más tarde al enfocar la mirada y vencer el vértigo que me pegaba tan sólo con inclinar un centímetro la nariz—; sí, señoras y señores, perros y arañas, un túnel que juro por la sacro santísima madre del Mesías Carpintero no era mío, el túnel, los zapatos sí, sí que lo eran; lo eran porque ya no los recuperé, y vaya que, nuevamente insisto, no me dio un infarto, sino una rabia de los mil diablos. Mis zapatos tan caros y tan indestructibles perdidos en la húmeda equivocación de un ingenioso traficante de narcóticos, ¡Jesús Del huerto! Ya no se puede ni confiar en dejar los zapatos botados bajo la cama, luego de una larga noche de putas y muchas cosas. Ahora hasta en su propia casa le arrebatan a uno los zapatos.

 

Aunque al principio no quise admitirlo, ahora que lo pienso, y ya más libre mi mente de los nocturnos efectos del… jugo de uva, quizá, muy probablemente, y considerando la situación actual, bien pudieron haber sido los Reyes Magos. Después de todo no sería la primera vez que éstos prestidigitadores de oriente jodieran mi día y sembrasen en mí los traumas infantiles que posteriormente degeneraron en este —bueno, esto ya es otra cosa—. Les decía que, sin lugar a dudas, ahora que lo pensaba más claramente, más sobriamente, más descalzamente, habían sido los Reyes Magos quienes hurtaron mis zapatos; mismos, los Reyes Magos no mis zapatos, que otrora se dedicasen a desilusionar niños con regalos equivocados cada mañana del seis de enero, y que en estos tiempos de crisis habrán renunciado a tan honorable profesión para montar una prospera y lucrativa empresa en el ya muy saturado campo de los narcóticos, la prostitución y el tráfico de almas a través de túneles secretos que irrumpen ocasionalmente, clandestinamente, bajo la cama de los somnolientos borrachines.

¿Con qué fines? ¿Por qué oscuro, artero, ruin motivo? No lo sé, y quizá nunca lo sepa, a menos que algún día, alguna noche, casualmente pudiese yo toparme con alguno de ellos y sacarle la verdad luego de amablemente conminarlo con un desarmador al rojo vivo, o pacíficamente inducirlo tras sacarle suavemente las uñas de las manos y los pies a revelarme tanto el paradero de mi zapatos como la pérfida maquinación que a hurtarlos le indujo. En fin, aunque tengo el closet lleno de zapatos, y ahora mismo

—bueno, no precisamente ahora mismo, es decir, no en éste preciso instante, sino más tarde, al concluir esta perorata, o quizá mañana— voy a comprarme otros zapatos, la verdad es que sé por cierto que a partir de ayer tendré pesadillas cada noche que no duerma, con sólo pensar que los Tres Reyes Magos puedan ser en realidad tres cleptómanos narcotraficantes y fetichistas de zapatos.

 

En esto estaba yo cuando volví a quedarme dormido, empero al despertar y descubrir que el tiempo seguía corriendo, las plantas creciendo, yo envejeciendo y los niños muriendo, se me ocurrió la soberana idea de que quizá hube culpado precipitadamente, sin permitirles alegar en su defensa, sin siquiera haberles leído sus derechos primero, a los Tres Reyes Magos con todo y sus cargamentos de psicotrópicos, zapatos y almas secuestradas. Sí, en efecto, señoras y señores, perros, jotos y lesbianas, bien pudiese ser que los Tres Magos de oriente fuesen inocentes, al fin y al cabo existen otros seres mágicos capaces no sólo de excavar narco-túneles con destino errado, sino de penetrar a las habitaciones subrepticiamente usando sus súper poderes. Sí, además de los Reyes Magos existen en este mudo otras criaturas místicas y no menos nocivas como las hadas, los vampiros, los duendes, Jesús, los hombres lobo, los senadores, la Santísima Trinidad, los nahuales, las brujas, mi ex novia, los recaudadores de impuestos, los mormones, Pinocho y  Peter Pan. ¡Sí! Peter Pan, señoras y señores, niños y maricones, Peter Pan era, ahora, el candidato más plausible a ser víctima de mis acusaciones infundadas.

 

Pero luego de quedarme dormido, despertar y atestiguar el paso del tiempo, el crecimiento de las plantas, mi propio envejecimiento y la muerte de los niños, descarté a éste glauco personaje de entallados leotardos, oscuras intenciones y dudosa moral como el principal sospechoso en el robo de mis zapatos… ah, sí, y también de haber asesinado con tremendo susto a aquellos infelices niños bajo cuyas camas se encontraron puertecitas y puertezotas pintadas con tiza blanca.  No, él no podía ser el ratero, ni tampoco el asesino; éste rapaz mozalbete sólo es un triste, pero no menos peligroso, pervertido.

—¡Cuidado, Peter Pan es un jodido pederasta! —se encendieron las luces rojas en mi cabeza—. No lo invoques o te… saca chico susto de mierda.

Y yo le hice caso a mi cerebro con todo y sus luces rojas chillantes y giratorias.  Aunque no temí ser la nueva víctima del espantajo verde aquel, pues yo ya había pasado la mocosa edad en que suelen serle atractivas las personas al señor Pan, al menos por dos años.

Sí, míster Pan podrá ser un secuestrador y un paidófilo, pero no un ladrón de calzado y menos un infanticida, a no ser que uno de estos tiernos compañeros de juegos pusiese resistencia y tras algún infortunado y accidentado forcejeo…, pues al señor Pan se le pasara la mano y… En fin, el señor Peter <<Desviado>> Pan no mata a los niños. Sí, se los lleva al “País de Nunca Jamás”, de nunca jamás serás el mismo, pero no los aniquila; sólo los desviste y… bueno, es obvio lo que sigue. Él tampoco robó mis zapatos; quizá tampoco, o quizá sí, mató a esos niños, pero eso no me importa.

 

Me pasé la tarde inmerso en ésta y otras pendejadas, y al percatarme que me había vuelto a quedar dormido y que al despertar el tiempo seguía corriendo, las plantas creciendo, yo envejeciendo y blablablá, etcétera, etcétera, y sin más sólidos sospechosos, sin otra línea de investigación que seguir o querer seguir, culpé, además de nuevamente a los Reyes Magos, al hundimiento de la ciudad y a la posibilidad de haber yo olvidado mis zapatos en casa de esas… de esas buenas gentes —y para nada prostitutas— con las que ayer por la noche, o no sé qué día, estuve yo haciendo… negocios; y que quizá por el agotamiento de tanto… papeleo, todas esas cosas que me met… comí y el efecto en mis arterias del… jugo de uva, jamás me percaté que llegué a casa sin zapatos y sólo imaginé botarlos bajo la cama donde no había una puerta pintada con tiza blanca, ni quizá un narco-túnel, pero sí el gigantesco cráter que apareciese luego de estallar el drenaje. Esto también podría explicar el misterio de los niños muertos con bases lógicas y fácilmente sustentables en cualquier juzgado de lo penal, esquina, escuela, cantina o peluquería donde suelen reunirse los chismosos de la ciudad.

 

 

 

D.R. ©Daniel Mendoza

Yo nada soy —¿Quién soy?—. Una gota de agua que se evapora en el desierto, acaso. El grito parturiente de un recuerdo que se despeña en los fosos de la memoria. Un día que cae llorando, cae por siempre, y caigo yo. Lo mismo que el desierto yo soy nada y lo soy todo. Espejismo del ocaso habiendo vivido un día. Habiendo vivido un día, me voy yendo con la noche. Contracorriente, frío y vil, nada yo soy, acaso de un tibio cadáver reminiscencia. Daniel Mendoza

1 Comment

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  1. Romelia

    4 mayo, 2018 at 3:56 pm

    Su dominio sobre el lenguaje es impresionante, la velocidad de su palabra supera a momentos la del pensamiento atrapando al lector en un vértigo de emociones inauditas. Cien por ciento magistral.

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