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De Granada y todo eso

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De Granada y todo eso

Del dolor del te lo dije. De llorar por el camino. De cerrar los ojos y guardar momentos. De esas noches de las que no te acuerdas de nada, pero que no olvidarás nunca. De amigos que no necesitan perdonarse para quererse. De aceras y esquinas. De terrazas y estrellas. De estar juntos porque somos, no porque fuimos. De cómo se me parte el alma cada domingo.

2. De Granada y todo eso

Cuando te das cuenta que tu vida se ha torcido, tienes dos opciones: la enderezas por tu cuenta, o dejas que se enderece sola. La gente de Granada tiene una tercera opción: salir de fiesta. Y no crean que no funciona, que sí; ¿estás malo? se te cura; ¿estás triste? se te pasa… que ¿por qué? Aquí decimos que bailar y olvidar deberían ser sinónimos.
En Granada, la capacidad de resolución de problemas, superación de crisis y regeneración emocional dependen estrictamente del lugar al que vayas, la gente con la que estés y la música que suene. Hay que saber elegir, porque un día en Granada es impredecible como un partido del Betis: sales al medio día con falda o camisa, engominao y escuchando flamenco en el coche, y amaneces descalzo bailando hardtek en una rave.
Pero eso de cambiar de música es como pasar de la cerveza al whisky: sólo lo haces cuando te apetece, pero al final lo haces. Porque sí, porque no eres de piedra. Porque tienes un día tonto y escuchas una canción en la radio. Porque ya no te ríes de Sabina cuando es el único que te dice a la cara que eres un imbécil, y un día descubres que no hace falta beberse doce cubalibres para que te guste un tema, ni para bailarlo, ni para abrazar a un colega. Y ahí estás tú, con tu cara de tonto, conduciendo por la circunvalación sin saber qué coño te pasa, adelantando a la Guardia Civil por la derecha y saltándote la salida sin darte cuenta porque vas escuchando un tema que te está poniendo en tu sitio. Y cuando empieza a hablar el locutor te das cuenta que ibas a La Chana y estás en Cenes. Entonces decides dejar la pájara, volver a tu estilo y, por supuesto, bajar la ventanilla y subir el volumen. Porque lo acaba de pasar sólo ha sido un lapsus, un paréntesis, un momento de debilidad o de falsa convicción que demuestra que, aunque llevas barba, gafas de sol y conduces un _inserte_aquí_el_coche_que_proceda, tú también eres humano; pero nadie puede enterarse de que te ha pasado a ti. Ni siquiera esa señora de ochenta años a la que por supuesto le respetas el paso de peatones. Porque la señora tiene que enterarse de que a ti te gusta la electrónica. Además, lo que pasa en tu coche, se queda en tu coche. Menos mal, ¿eh? Y cuando por fin aparcas y te bajas, hay un punto de inflexión: el musicón que venías escuchando delata el jaleo que llevabas al quedarte en completo silencio en medio de la calle. Y no sabes si eso es bueno porque, joder, entiendes de música, y hoy en día casi nadie entiende de música, o es malo porque pareces un cani moderno con gafas de cobra conduciendo un Panamera. Aunque esa sensación es fugaz, como la primera cerveza de la noche.
Porque una noche en Granada es como una partida al GTA: te sabes de memoria el mapa, pero nunca sabes dónde vas a acabar. Aunque es muy posible que termines subiéndote a un coche que no es el tuyo. Algunas noches son más largas que otras. Yo a veces salgo de mi casa, me enciendo un pitillo y cuando lo tiro ya es de día. Buena señal: cuanto antes amanezca, mejor para todos. Aunque los mañaneos también son peligrosos. Hay quien dice que irte de after en Granada es como entrar en la casa de Gran Hermano: siempre somos los mismos, conoces a todo el mundo, pero no sabes en quién confiar. Todo el mundo te puede traicionar, sobre todo si es del sexo contrario. Aunque posiblemente acabes drogado en su casa, acariciando a su perro y durmiendo en su cama.
Y al final, muy al final ya, cuando tienes un momento de lucidez y miras la hora, comprendes que ya es domingo. Y aquí los domingos los carga el Diablo, así que decides que ya es hora de volver a tu casa. Más que nada, porque saliste a tirar la basura, dejaste la puerta entreabierta, al perro encerrado y tu madre acostada. Y ya hacen dos noches y un día de aquello. Menos mal que cogiste las gafas de sol: la noche es oscura y alberga horrores.
Y cuando te subes al coche, metes la llave y le das al contacto, ahí está Sabina, que parece que te estaba esperando el cabrón allí montando guardia, con la misma voz y la misma canción que hace cuarenta horas. Pero esta vez eres inmune al hechizo porque, o todavía vas fino, o acabas de echar un polvo, o con suerte, ambas cosas. Y así es como toda la melancolía pierde su magia, el mundo vuelve a ser el de siempre y Granada un oasis en medio del desierto de la existencia, por donde conduces de nuevo con la música alta, las dos ventanillas bajadas y una sonrisa en la cara. A tu madre no le va a hacer tanta gracia.

 

 

Abel G.R. – La Ley de los Cuerpos.

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