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Poemario GUERRILLA

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Poemario GUERRILLA

poemas de un fusil

 

 

POESÍA PARA QUÉ; POESÍA PARA; POESÍA

Pablo S. Abascal

 

Siempre tuve el mezquino presentimiento de que la poesía me devolvería la vida. Y a pesar de que intenté con empeño esconderme de la red azucena que tejían sus versos en mis noches a solas, los miedos terminaron por convertirse en palabras infames por recitar, los sueños en deudas de renta variable, y las mentiras en pagos en negro con las que soliviantar mis penas en salmuera.

 

Comencé a escribir cuando aun no practicaba la escritura, cuando aun creía en vainas de magos y Dulcineas del Toboso. Y esa sana inocencia fue, sin lugar a dudas, la más inesperada de mis conquistas literarias: el quemar en una hoguera de incienso cada uno de los capítulos de mi diario nunca escrito, el vivir cada uno de esos capítulos como si no le quedara tinta a mi pluma, el dormir cada mañana sin haber dedicado ni tan siquiera una pizca de mi pobre aliento en redactar alguna línea de lo que solo tenía sentido fuera de los márgenes del papel. Lo cierto es que en aquellos años la poesía hubiera deambulado entre manos pajuzasy sueños embelesados. Y ahora, con el inescrutable paso del tiempo que todo lo aclara, me es más fácil comprender el porqué de mi aquel oficio en otros bajos y primitivos menesteres: no se puede escribir lo que no se tiene que contar; solo se puede contar lo que de alguna manera se experimenta; solo se experimenta lo que uno vive con el alma y con el corazón. Y eso es poesía. Y eso es este poemario. Y por eso poesía para qué.

 

Viví más de lo que debía, arriesgué menos de lo prometido y trasnoché cada estrella como si fuera la primera, pero, por fortuna, el tabaco me abandonó, mis principios se fortalecieron, y aun conservo el recuerdo de cada uno de mis pecados. Los versos llegaron poco después, una vez caído el invierno en la fría alcoba en la que me escondo. Morí cien veces en Buenos Aires y renací otras tantas en Sevilla. Granada fue mi ataúd de pegamento y en su Parque Central yacen esparcidas mis cenizas. Cayeron amigos, amigas, amigos de amigas y amigas de amigos. En su memoria nacieron versos que recorren el cielo celeste de un mundo que no tiene fronteras. Creí que podría cambiar el destino y el destino fue el que me cambió la vida. Desde entonces descubrí que no hay lucha que no se gane sobre un tablero de papel. Soñé sueños de caramelo y un reloj uruguayo que marcaba las diez me enseñó el valor de la rima. Me emborraché tantas veces que aprendí a sostenerme de pie sin tener donde apoyarme. Cada gota de tequila calmó el mar de mi desespero. Cada país conquistado me enseñó la inmensidad del español. Y su enfermizo pasado. Vislumbré las luciérnagas en la jungla del alfabeto y el orden se convirtió en quimera, el caos en respuesta, el amor en eso, en adiós, en un solo color que pinta las letras con las que visto mis locuras. Tras años de espera, el sustantivo me devolvió lo que me debía, el adjetivo se fue por la puerta de atrás, el hijo de un determinante me condujo al estudio del ser, y el verbo –estar- se fue con Dios al carajo a ver si, juntos, veían tierra más allá de donde se esconde la mirra de los magos.

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Poeta, profesor, aventurero y libre pensador, cuando libre. Desde 2016 dirijo y edito la revista poética Retales Amarillos en la que reunimos poetas y poetisas que, desinteresadamente, nos brindan su textos para su expansión internacional.

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