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La Poesia

A pesar de todos los pesares

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A pesar de todos los pesares

Pérdida de identidad

– El tiempo lo arregla todo pues no hay mal que resista a su paso-

 

El paso del tiempo le da una nueva perspectiva a todo lo acontecido; los días se ordenan y los momentos pasan progresivamente a tomar una secuencia semi-lógica que, a veces, solo uno mismo es capaz de comprender.

 

Es divertido –por empezar de alguna manera- recordar todo lo que se escribe, se lee, o se escucha sobre lo que significa celebrar una boda; desde “el día más importante de vuestras vidas” hasta “la nueva fase en la que os adentráis”, pasando por un sinfín de eslóganes que más que alentar el sentimiento de unión entre dos personas tiñen el acto con colores horteras de mercado, socialización sin sentido, borregismo areflexivo, y todo tipo de adjetivos inventados que denoten la doblez personal ante el yugo del sistema.

 

Cierto es así que nunca quise casarme, esposarme, aceptar el santo sacramento de la madre iglesia que tantas veces me he pasado por el forro de las pelotas –y por lo que tanto he presumido-; de la misma manera, siempre me he enorgullecido de no tener hijos, de vivir desde hace diez años en un estudio de no más treinta y siete metros cuadrados –y no necesitar ni uno solo de más-, de viajar sin planear los viajes, de comer con las manos en los mejores restaurantes (siempre de buenas maneras) así como de tantas otras acciones que, más que por llevar la contraria, son una clara expresión de lo que significa mi forma de ser, pensar y, casi siempre, de lo que supone el vago intento de mi quehacer habitual.

 

Pero la vida le lleva a uno por derroteros que nunca se había imaginado y, de la noche a la mañana, se halla feliz e irremediablemente cansado, sí, digo bien, cansado y casado, eso también.

 

Y a pesar de tener que reconocer que me terminé bajando los pantalones, que acabé pasando por el aro por el que tantas veces me había prometido no pasar, a pesar de todos los pesares, hay detalles de aquel día, y de aquella noche, que salvo con grato recuerdo y que, mientras los años me lo permitan, siempre los llevaré en la memoria.

 

Debo decir que tras un largo periplo en Estocolmo, así como en muchas otras ciudades de este inmenso planeta, uno desarrolla un terrible temor a quedarse solo en el mundo, a perder sus raíces, a no tener identidad, a no tener a quien saludar por la calle, a no tener amigos, a fin de cuentas, a no ser nadie o no importarle nada a nadie.

 

–Nada, nadie, nada, nadie, nada, nadie, nada, nadie, nada, nadie-

 

Justamente ese miedo fue el que me aterrorizó cuando, finalmente,  decidimos casarnos: el maldito y bendito miedo a la soledad, a no ser nadie, a no tener a quien invitar; el miedo al fracaso identitario. Aun peor, si cabe, es el miedo al rechazo, al no puedo, al silencio, al olvido, a la invisibilidad, a la luz de media noche bajo la fría luna de abril y el amparo de una botella de wiski. Como señalaba Ocativo Paz en su inolvidable ensayo El laberinto de la soledad, el ser humano es el único animal que ha destruido su propia naturaleza para encontrar en la soledad su lugar en la sociedad; y así es como muchas veces buscamos en la reclusión el encuentro con uno mismo, la unión con el ser interior, la energía que sentimos pero que tantas veces se pierde en la rutina de lo diario.

 

Con todos esos miedos, llegó el día de la boda, con amigas y amigos llegados de todos los rincones del mundo, con tantas lenguas sobre la mesa que por momentos soñaba con las puertas de Babel. La fiesta fue menuda, la compañía generosa, el vino de la tierra, los gritos un jolgorio y los abrazos por doquier. A alguno eché de menos, claro, pero la boda no era en Sevilla.

 

Para los lectores más quisquillosos, señalaré que la boda fue vikinga, sin anillos (al menos el novio), sin tarta nupcial, sin vals de los cojones y con tanta energía, risas, discursos, comida y emociones que hasta los dioses del Olimpo se unieron a nuestra fiesta.

 

A pesar de haberme doblegado –que Ingrid me perdone por estas palabras pues sabe que la amo, que la tengo en mis costillas y que no hay ceremonia en este mundo que se pueda comparar a la pasión de sus besos- siempre recordaré con orgullo, y una sonrisa de medio lado, el 8 de julio de 2017.

 

Aquí el poema que, con fondo musical –Georgia, Vance Joy-, la voz de nuestra amiga Lova y los acordes del gran Sergio, recité para con amor para Ingrid.

 

 

Hace años que muero por escribir la novela perfecta
sin darme cuenta de que
la novela perfecta
eres tú.
Sin darme cuenta de que con el tiempo
mis dedos se trasformaron en suaves plumas
con las que escribo tu nombre en cada hoja que empiezo
en cada libro que leo
y hasta en mi piel
justo ahí al lado de mis costillas.
Hace tiempo que pides unos versos
unas palabras
pero que letras se le podrían escribir a quien ya es todo el alfabeto
el alfa y la omega
el principio y el fin de una historia llena de sonrisas
que palabras se le podrían escribir a quien solo con su presencia
hace de mí la mejor de mis versiones
solo con un abrazo
hace que vuele de vuelta a mi querida Sevilla
solo con una mirada
hace que me tiemblen hasta las pestañas
solo con una caricia
hace que nos sentemos a cenar
con los dioses
en la mesa del Olimpo.
Los días
los meses
los años
pasan volando junto a ti
y por ti me vine a las tierras del norte
los paseos a ninguna parte
toman una dirección si me agarras fuerte de la mano
Estocolmo solo existe si tus ojos se reflejan en los míos
las noches son eternas
si al despertar cada mañana no siento el aroma de tu piel.

 

Belleza, la miel de tus ojos me guía en el camino
y a ciegas te seguiría por donde quiera me pidieras.
Te quiero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Poeta, profesor, aventurero y libre pensador, cuando libre. Desde 2016 dirijo y edito la revista poética Retales Amarillos en la que reunimos poetas y poetisas que, desinteresadamente, nos brindan su textos para su expansión internacional.

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