Connect with us

La Poesia

Cuando se te atraganta una palabra

Artículo

Cuando se te atraganta una palabra

No hay -Exit-

A veces las cosas ocurren sin que ni siquiera tengas tiempo para reparar en que no te volverán a pasar, en que estuviste a punto de quitarte de encima esas malditas palabras que durante tantos días –y tantas jodidas noches-, te azotaron el sueño sin perdón. Sin embargo, cuando llegó la hora de la verdad y  tuviste la oportunidad, se te enredaron entre lo alto del paladar, lo ácido de las papilas gustativas y la escocida llaga de la punta de la lengua. Esa lengua, esa humedecida lengua que si por lo menos fuese viperina te permitiría decir lo que piensas en el momento oportuno y no tener que deambular, sonámbulo, por las calles frías de esta ciudad, con unas ideas en la cabeza que, aunque tuyas, no tienen más cabida en tu arrugada, arruinada y castigada masa cerebral.

 

Las palabras nacen en el mundo de las ideas y es ahí donde toman vida –cuando lo hacen-, o donde se transforman, –si es que así lo hacen-. Otras veces, solo algunas, las ideas mueren en su mundo y no se transforman sino que, simplemente, recogen su certificado de defunción a las puertas del olvido y desparecen. Nadie sabe nunca más de ellas y ellas nunca saben cómo encontrar el camino de regreso.

 

Una vez que una palabra toma vida –y eso ocurre a cada instante-, el cerebro emite unas señales eléctricas que, a su vez, emiten unas señales motoras a unos músculos que ejecutan determinados movimientos orquestados perféctamente por el concepto de la idea, todavía en su mundo, claro. El aire entra y sale de los pulmones dirigiéndose de la laringe a la boca, acaricia la campanilla, la boca se entreabre, la lengua empuja y, de repente, como por arte de magia, nace una palabra. La palabra vuela, recorre el espacio que hay entre la boca y la oreja –eso cuando hay alguien para escucharla- y entra por los canales del oído externo, medio e interno hasta llegar al nervio auditivo. Una vez ahí, se convierte de nuevo en electricidad para volver al cerebro, después al mundo de la ideas y, como todo en esta vida, transformarse en lo que una vez fue; en lo que era; en lo que es.

 

De vez en cuando, las ideas se atascan en algún lugar y no terminan por convertirse en palabras. Y haces el esfuerzo de parirlas, y aprietas los dientes, las mandíbulas se te desencajan, y las órbitas de los ojos parecen transformase en planetas carentes de satélites que buscan endiabladamente un anillo de polvo cósmico que las rodee; pero no. No hay cesaría que te consuele ni fórceps que te ayuden. Las ideas no encuentran la puerta de salida de su mundo y terminan por convertirse en ira, frustración, desesperación; las que menos en cáncer.

 

Justo eso me ocurrió hoy en el metro, en el subterráneo, en las cloacas de Estocolmo, en el fin del mundo. Andaba sentado leyendo el periódico con la cabeza gacha y la espalda encorvada como si de una C se tratara. El vagón recorría las vías de camino a Slussen, recién abandonada la estación de Gamla Stan. Justo en este tramo, el tren recorre un pequeño pedazo de la ciudad sobrevolando el agua y, en ocasiones, dos trenes circulan en paralelo, pausadamente, a la misma velocidad. Cuando esto ocurre, suelo mirar por la ventanilla para ver quién se esconde al otro lado vagón. Es curioso observar como la gente, desesperada por encontrar un cártel en el que perder sus miedos, evita por completo el contacto visual a pesar de que, en ese preciso instante, no hay otra cosa en la que fijarse. He notado que cuando por accidente dos miradas se cruzan, la incomoda situación provoca chispas, destellos de pánico, y los desengaños terminan por resbalar en direcciones opuestas como los mismos polos de dos imanes que se intentan juntar.

 

Sin embargo, hoy, en el tren dirección a ninguna parte,  una persona clavó su mirada en la mía y yo no pude más que dejarme arrastrar por la fuerza de sus ojos. Los vagones se desvanecieron bajo nuestros pies como ceniza que se lleva el viento y por segundos pensé que flotaba en otra dimensión, en el mundo de la ideas, tal vez. Mi vagón adelantó al suyo, después el suyo al mío, anduvimos unos segundos –no sé cuántos- en paralelo, ojo a ojo, pupila a pupila, y nuestros trenes se volvieron a separar conduciéndonos a dos salidas diferentes, a dos puertas que no se comunicaban.

 

No sé si ella se bajó en esa parada. Yo no lo hice, de eso estoy casi seguro.

 

Y así murieron mis palabras, que no llegaron a serlo pues solo fueron ideas sin señales eléctricas que las trajeran a la vida, sin músculos que se movieran ni movimientos que articularan,

sin lengua,

sin llaga,

sin puerta de salida, en resumidas cuentas, sin llegar a serlo.

 

La esclusa - La ciudad vieja

Slussen-Gamla Stan

 

 

 

 

Poeta, profesor, aventurero y libre pensador, cuando libre. Desde 2016 dirijo y edito la revista poética Retales Amarillos en la que reunimos poetas y poetisas que, desinteresadamente, nos brindan su textos para su expansión internacional.

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

More in Artículo

To Top