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La Poesia

I really feel alright

Relato

I really feel alright

Relato corto

Tengo la imagen de un buitre volando sobre mi cabeza.

Es rojo, noto como su mirada me atraviesa.

La noche se confunde con la luz amarilla de la farola que tiembla al lado de nuestro balcón y los bares comienzan a bajar las persianas. Un borracho se termina una lata de cerveza y la tira de una patada junto al portal. El viejo se asoma por la reja a medio bajar y le grita algo que no entiendo. Todos parecen cansados, y pasados de rosca, y tristes. Me apoyo sobre la barandilla, dejando caer todo el peso de mi torso hacia abajo, siguiendo con los ojos las líneas de las baldosas. La sensación de tener el pelo en la cara me tranquiliza.

Alargas las manos y me sujetas. No me asustes, esputas. Todavía tienes las manos llenas de pintura. Odio cuando se te queda metida entre las uñas y se seca. Me das asco, te digo y te beso.

Entras de nuevo al salón y me enseñas a lo lejos otro de tus cuadros. Todos tienen ese aire de loco. Creo que si Freud los viese se quedaría sin habla, y probablemente, se quemaría a sí mismo a lo bonzo. Aparto la mirada antes de quedarme ciega por la acumulación de líneas amarillas, colores y tinta china lanzada con maldad, y vuelvo al balcón, encendiendo otro cigarro.

Siempre pasa algo en nuestra calle. Aunque sea insignificante. Me gusta hacerle fotos con los ojos. Miro, apunto, parpadeo, disparo. Y esa pareja metiéndose mano antes de despedirse se queda flotando, unos segundos, en mi memoria. Las noches en las que no hacemos nada son las que más disfruto. El perro tose y vuelve a retorcerse en el sofá. Todo está tranquilo. La noche tiene algo de hipnotizante.

Pones por cuarta vez el disco de Vitalogy en bucle. No sé qué tienes con Pearl Jam, pero deberíamos cobrarle alquiler. Y me río como si todo tuviese gracia. Miras fijamente el ordenador cuando paso a tu lado, y me deslizo a la cocina. Cereales y leche desnatada muy fría, sí, una cena adulta. Mis manos temblorosas tiran la leche por el suelo, y antes de que tu yo maniático se dé cuenta, lo recojo con una servilleta. Resoplo. Me arrastro de vuelta al sofá y me acomodo junto al perro. Siento que las noches nos sientan mal a todos. Me miras con ansia, y te llenas otro bol hasta arriba.

La negligencia emocional es el estado por el que inadvertimos, de forma totalmente explícita, meditada y socialmente aceptada, los sentimientos propios y ajenos en pos de una satisfacción un tanto macabra, me dices con la boca llena. No entiendo nada.

No sé, lo leí por ahí.

Deberías pintarlo, y asiento como si supiese algo de todo lo que ocurre. Me gustaría diseccionarle la cabeza y entrar dentro. Hacer mi propio nido y jugar a apretar botones. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste.

¿Qué haces?

No sé. Pensaba. A mí no me gusta pasar de mis sentimientos. Por eso miro tanto por la ventana.

Miras por la ventana porque no tienes nada que hacer. Eres una especie de cámara de vigilancia que quiere transformarlo todo en poesía. Me recuerdas al tío raro de American Beauty.

¿El de la cámara?

Sí.

Me entra la risa. Disfruto por un instante fantaseando con ser un voyeur. El perro se levanta y se acurruca sobre su cama en el suelo.

Pero tengo muchas cosas que hacer. Me ocupo de la casa, siempre hay leche en la nevera gracias a mí. También cuido al perro, y de vez en cuando tomo el sol. Eso es hacer algo.

No traes dinero a casa. Siempre estás susurrando, vagando por la casa, cabizbaja. Es como vivir con un fantasma.

No dramatices, te digo, mirando directamente al centro de tus pupilas cerradas.

Te levantas de la silla y vienes al sofá. Me abrazas y todo se esfuma.

Eres tonta, es tu mejor cualidad.

Te levantas de nuevo y vas al mueble de la entrada. En el primer cajón, betadine, collares de perro, una tobillera de playa y una bolsita de plástico con forma de bola.

Me tumbo completamente en el sofá mientras acaricias polvo blanco con una tarjeta. Me quedo embobada en el movimiento de tus manos, y miro la tarjeta. El carnet. Hay una foto minúscula, aún no te conocía.

Siento que cada parte antes de conocerte es un misterio. Un borracho vomitando bajo el balcón mientras yo pongo los pies paralelos a la barandilla. No me gustan ni tu barba ni tus ojos. Ni ese aroma a colonia fuerte de hombre. Eso me da dolor de cabeza.

Comienza a sonar Ray Lamontage. ¿Es negro?, pregunto, porque tiene voz de negro y tú te ríes. Tus carcajadas siempre van con eco. Dejo de escuchar porque tengo facilidad para desconectar del mundo, y mirando al techo escribo mentalmente un poema de diez versos. Creo que son diez. Pero sin rima.

Jugamos a mirarnos a los ojos y contarnos secretos. Los secretos son cosas que sabe todo el mundo menos nosotros. O antes era así. Me gusta que el mundo funcione como yo quiero, como yo lo veo desde arriba. Te enciendes otro cigarro y sacas una lata de cerveza.

Se te va a cortar la leche en la tripa. El primo de una chica de mi clase se murió de algo así.

Vuelves a reírte. A veces, pareces una abuela, respondes. Seguro que se murió de cáncer o de aburrimiento. Digan lo que digan, son el top de las muertes del primer mundo.

No puedo evitar reírme y al instante me siento muy mal. Somos un mal ejemplo de la juventud. Hemos leído demasiado a Bukowsky.

Son ya seis las cervezas que se quedan en la mesa, y el buitre nos invita a quedarnos con sus presas, digo en voz alta sin querer.

Es una rima un tanto absurda, sin entender yo de eso, te ríes.

Ya. Me gusta pensar que somos carroñeros.

La única carroñera aquí eres tú. Mírate la camiseta, también es mía.

Me dejo caer sobre la mesa de café y respiro hacia adentro. Lo inhalo hasta que sube. Y cuando lo noto en el cerebro, emito un leve resoplido. Bebo cerveza.

Ahora sí que te vas a morir, me dices.

Me estiro la camiseta prestada intentando tapar una esquina de braga y vuelvo a mi terreno. A mi todopoderoso balcón. Ya no queda ni un alma. Me aburre. Entro a por un cigarro y fumo hasta que el humo parece una cosa divertida para jugar. Cuando te miro a través del cristal me da la impresión de que los ojos se te van a caer de la cara. No sé si da para poema, pero me río.

No puedo evitar reírme como tampoco puedo evitar sentir esa necesidad de afecto. El efecto perro abandonado, la soledad y sus traumas. Me agarro a ti y te abrazo. Tú me lo devuelves y acaricias sistemáticamente uno de mis tatuajes.

Me gusta este, susurras.

Me siento mal. Esto es peor que cuando descubrí que las mariposas se bebían la sangre. Me pareció siniestro llevar una en el hombro. Sin embargo, debería ponerme alguna frase profunda, no sé.

“Estamos fríos y somos carroñeros.”, me dices convencido. Tiene gancho.

Eso no me cabe en el culo. Y suelto tal carcajada que me tapo la cara con las manos.

De repente me agobio. Es fácil agobiarse cuando tú eres tú mismo todo el rato. Y esta especie de ansiedad es como un perro que necesita mear. O lo sacas o prepárate para sacar la fregona. Eso me recuerda que el perro no ha salido hoy. Le despierto de un golpecito. Nos vamos.

Mi perro, no la ansiedad, siempre mea en el mismo sitio. Supongo que es parte de ser un animal territorial, alguna especie de gen posesivo. Esa esquina es suya. Y si no, hace que lo sea.

Yo no meo en ninguna calle, pero sé lo que es mío. A veces me da miedo convertirme en alguien posesivo con quién sea difícil vivir. Sólo tengo una cámara y un hogar que rezuma miedo a lo ajeno. No quiero abandonarme a mí misma. Piso uno de los caóticos charcos que lo cubren todo. Sólo me quedan un par de calcetines sin mojar.

El perro tira de la correa y me arrastra. No sé si voy rápido o es el subidón, que contrarresta haciendo que todo se vea a cámara lenta. El ruido de las llaves en el bolsillo me molesta. Al doblar las esquina intuyo tu silueta en la fachada.

Al llegar una avispa se chamusca en la lámpara. Huele a quemado.

Nuestras vidas siempre huelen a quemado, gritas desde el salón. Es una de esas metáforas que usas para todo, replicas.

Sonrío y lo apunto en esa libreta socialmente infravalorada llamada memoria. Durará poco.

Quiero guardar cinco minutos de silencio por esta noche que se va a hacer de día. Me parece lo justo, digo convencida.

Te frotas el ojo izquierdo. Eso no tiene sentido. Y para empezar, cuando se guarda silencio, con un minuto basta.

Prefiero que sean cinco, sentencio. Y bajo el volumen de la música. Me acerco a la esquina y bajo la luz de la lámpara. Todo se vuelve acogedor.

Estás loca.

Y me acerco a tu posición. Y te acaricio como si ya no pudiera ver, ni distinguir lo bueno de lo malo. Tú también me acaricias y te paras sobre mis muslos. Te topas con esa marca de lado a lado que siempre duele. Intento taparla con la camiseta como si nadie se hubiese dado cuenta.

Sigues mi juego, y con cierta nostalgia de quién tardará en verse, me abrazas más fuerte. La sombra de los muebles se antoja más alargada que de costumbre, y el retrato icónico que me pintaste se ensombrece.

Es como mirarse en un espejo soviético.

Ni siquiera tú sabes lo que digo pero te ríes levemente arqueando los labios en un ángulo poco habitual que yo beso. El perro bosteza y apago la luz del todo.

Ahora, la farola se convierte en un sol de media tarde. Las cortinas, la pared, el techo, nuestras manos, todo adquiere una tonalidad naranja.

Ya no sé qué viene antes. El sabor químico en la garganta, el olfato plástico, un cigarro más en la terraza o mi boca llena de algo parecido al amor. Me desato de tus brazos entumecidos y abro la ventana. Una fina capa de polvo se posa sobre nuestros cuerpos haciendo que brillen por encima de la oscuridad. Me rindo a la soledad de nuestro silencio compartido.

Nos estamos muriendo, musito.

Tenemos sueño. Eso es todo.

Y te giras dándome la espalda. Es curioso ver como intentas dormir pero tus ojos no responden. Estamos borrachos, borrosos. Nos cubre el sudor y la agonía. Mi cabeza va más rápido de lo que puedo pensar o hablar, así que me quedo en silencio.

Me entran ganas de llorar mientras te miro, quieto. A veces me inspiras ternura. No me quito la foto de carnet de los ojos. Con tu barba poblada. La mirada perdida. No eres el mismo.

Me repito que nunca más lo volveré a hacer. Que fumar es malo. Que tengo que centrarme en buscar el equilibrio lejos de la medida de las baldosas. Mirar siempre hacia abajo se vuelve peligroso. Pero vuelvo a sentir mi pelo en la cara. Los mechones se me meten en la boca, y me tranquiliza. Respiro muy hondo. Me siento en paz. He creado la sinfonía perfecta en una noche en la que parecía que iba a llover. Me he inventado el idioma del silencio y la piel.

Tengo que escribir una canción sobre esto. O un poema. Pero sin rima.

Y al final son nuestros cuerpos los que se rinden. Pesa mucho descansar del día. Hacemos una pausa. Nos dormimos.

 

Nadie quiere incursiones en tu cama; tengo todo lo que quiero.

Antes de dormir me untaste en sudor, y eso es lo último que recuerdo.

_____________

Texto: Sandra Martínez

Imagen: Tumblr

Me llamo Sandra y me gusta hacer cosas. Cortarme el pelo, escribir, leer, acurrucarme con mis perros, sentarme en el fondo del autobús, la poesía, el teatro, hacer collages, cocinar cosas imposibles, andar arrastrando los pies, hacer fotos, comprar cosas por internet, llevar zapatillas rotas. Por ejemplo. He escrito "El vals de las vícitmas" con Editorial Torremozas, 2017. También, participo en la antología "Altercado Poético 10+1" con Editorial Estrellas Fugaces, 2017.

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