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La Poesia

Relato

Un recuerdo

No soy una persona que tenga buena memoria. Me gusta mucho beber, he fumado muchos porros y me he drogado cantidad. La mayoría de las veces son mis amigos quienes me recuerdan las historias. Ellos son algo así como mi memoria externa. Tampoco soy nada observador, quienes me conocen saben que las explicaciones acerca de las cosas técnicas me resbalan y tengo cierta tendencia a ensimismarme. Sin embargo, y aunque han pasado ya trece años, sigo teniendo un recuerdo absolutamente nítido de lo que ocurrió…

Era otoño, yo vivía en Madrid, en Puerta del Ángel. Me ganaba la vida como camarero y de vez en cuando tocaba la guitarra en el Metro para sacarme un dinero extra. Aquel día había quedado en Villalba para cenar y tomar unas copas. Como no sabía en qué ocupar la tarde, decidí ir primero a la Catedral de la Almudena a tocar punk en la puerta. Me puse mi traje de obispo, me pinté el símbolo del euro en la frente y salí a la calle.

En la catedral ocurrió justo lo que esperaba. Gente que me increpaba, otros que pasaban y los menos, que me sonreían y echaban alguna moneda. Puro conflicto punk con un litrito de cerveza fresco. La tarde perfecta. Al poco empezó a oscurecer. Recogí mis cosas y me eché a andar hacia Plaza de España.

El mero caminar vestido de obispo con un euro en la frente era en sí mismo un aliciente.

A quienes me miraban les devolvía un movimiento de bendición con los dedos. Hasta que a lo lejos, mis ojos se encontraron con los de un hombre enorme, con el pelo blanco y una larguísima barba blanca como Gandalf.

Venía de frente hacia mí, con la mirada fija. Empujaba en una silla de ruedas a una mujer que era como Yoko Ono. Al cruzarnos paró en seco y me señaló la frente. ¿Te gusta? —le dije en inglés, intuyendo que era extranjero. Asintió con la cabeza. Y sacó de sus bolsillos una libreta ajada. Entendí que tenía algún problema para hablar y buscaba cómo comunicarse. Me mostró un pequeño texto en francés —creo— criticando a la Iglesia católica. Conversamos un poco, me mostró su pasaporte, lleno de garabatos, parecía alemán, casi todo tachado, sólo podía leerse, escrito con una letra nerviosa: “citizen of humankind”. Aquello me gustó aunque fuera tan obvio. Parecía un hippie politizado. Y como tengo muchas personas en mi familia, sentí cierta simpatía.

En la libreta escribió que Myrna (así se llamaba Yoko Ono) y él, me invitaban a tomar un té. Les dije que de acuerdo, que podíamos entrar al bar que había allí al lado. Pero Gandalf señaló la silla de ruedas. No se podía entrar al bar con ella. Mejor ir a su casa.

Así emprendimos el viaje el extraño trío. Myrna, complacida con que aceptara la invitación comenzó a hablar. Parecía una mujer muy culta. Mientras atravesábamos el Madrid de los Austrias me contaba historias de reyes y literatos. Gandalf, de vez en cuando le daba un empujón a la silla de ruedas y dejaba que cayera cuesta abajo, lo cual hacía que Myrna y él rompieran a reír enloquecidos. Ahí ya empecé a sentir que algo iba mal.

Pasamos la Gran Vía y nos adentramos en San Bernardo. Callejeamos y al fin, alcanzamos un portal. Gandalf aparcó la silla y Myrna se levantó por sí misma. Con lentitud. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Acaso no tenía una minusvalía?

Gandalf plegó la silla y me pidió que le siguiera al fondo del portal. Yo miré hacia Myrna que se quedaba sola atrás, pero él insistió con un ademán en que le acompañara. Atravesamos un largo pasillo en el bajo hasta dar con una puerta. Tenía muchos cerrojos. Siempre me han inquietado mucho las casas con muchos cerrojos. No se sabe si el peligro está dentro o fuera.
La puerta se abrió y vi el típico salón de bohemio. Una gran alfombra que cubría todo el suelo, las paredes decoradas con telas indias, estanterías con libros, vinilos, pufs, mesitas bajas. Me recordó a la casa de mi tío y me relajé un poco. Gandalf me pidió que por favor me descalzara antes de entrar y me sentara. Así hice. Al poco, Myrna apareció por la puerta, con la misma sonrisa que cuando su silla de ruedas se precipitaba cuesta abajo.

Me preguntó si quería tomar un té. Le dije que sí, que por supuesto. Ya sentado, observé mejor el salón. No tenía ventanas. Solo había tres puertas. La de la calle enfrente mío, con todos sus cerrojos, otra a la izquierda cerrada y a mi derecha una corredera de aluminio que daba a la cocina. Adentro Myrna hacía gran ruido con los cacharros.

Gandalf puso música, se sentó a mi lado y trajo unos cuadernos. Ahí comenzó una nebulosa. Quería mostrarme su obra. Eran cuadernos Senator de dibujo, como los que yo tenía de pequeño. Dentro había lo mismo que había visto en el bloc: miles de anotaciones de trazo nervioso en diferentes idiomas, inglés, francés, alemán. Pero ahora estaban acompañadas de dibujos complejísimos. Bebés, embriones, huesos, todo se entrelazaba. Por aquel entonces ya estudiaba Filosofía y me parecía fascinante comunicarme de aquella manera. Hablamos de Wittgenstein, de Heidegger, de Nieztsche. O eso creo. Todo fue extremadamente confuso. Gandalf señalaba con el dedo una parte de su cuaderno, retrocedía unas páginas para mostrarme un dibujo, luego saltaba más adelante. Era una absoluta locura. Y sin embargo tenía la sensación de que nos estábamos entendiendo.

No sé cuanto tiempo pudimos pasar así. Quizá una hora. Myrna seguía haciendo ruido en la cocina. Para preparar unos tés. Qué extraño. Gandalf se incorporó hacia una estantería, cogió unos folios y me entregó uno. Cuando lo vi, no pude creerlo. En el centro, entre su habitual abigarramiento de frases inconexas, había, dibujado a rotulador negro, un obispo, o un papa, a trazo frenético, con dientes afilados y un euro en la frente. No podía creer que fuera verdad, que ese papel estuviese allí esperándome. Pero no me había separado de Gandalf en un sólo un instante. No era ninguna farsa.

Volvió a sentarse. Aún sobrecogido por el dibujo, seguimos conversando a nuestro extraño modo. Hablamos de la corrupción en la Iglesia y le pregunté por él y por Myrna, de dónde eran y cómo habían llegado hasta España. Entonces sacó más documentos, más papeles, más garabatos. Y pude sacar en claro que habían escapado de un manicomio en Alemania, en los ochenta.

De modo abrupto, la conversación, los dibujos, derivaron hacia un terreno sexual. Me mostraba dibujos de anatomía. Espermatozoides. No entendía por qué iba por ahí. O sí lo sospechaba. Me ofreció comernos un LSD juntos, pero le dije que gracias, que no era el momento. Me preguntó si tenía pareja y le dije que sí. Todo me estaba haciendo sentir muy incómodo. Miré el reloj y le dije que era tarde, que había quedado en Villalba y me tenía que marchar. Su rostro se endureció de súbito. De modo terrible.

—¿Por qué? -escribió en su bloc.
—Porque he quedado -respondí.
—¿No eres libre?
—Precisamente porque soy libre decido irme.
—Estás insultando nuestra hospitalidad, Myrna está preparándote un té
—Han pasado ya tres horas, de verdad que no tengo intención de ofenderos, pero me tengo que ir, me espera mi novia

Furioso, se puso de pie y abrió con violencia la puerta de la cocina. Yo estaba en el suelo, descalzo, con mis faldas de obispo, en aquel salón lleno de cerraduras. Me sentí absolutamente vulnerable. Nadie sabía que estaba allí. En la cocina se oyó un grito. Me giré y Myrna salió llorando desconsolada. «No, tú también, no, tú también no». En las manos llevaba una bandeja con tazas de té y tostadas que agitaba como si tuviera Parkinson. El tintineo era estremecedor. Un olor a quemado impregnó la habitación. Las tostadas, embadurnadas con mermelada roja oscura, estaban carbonizadas.

—Lo siento Myrna, te agradezco mucho el té, pero es que se ha hecho muy tarde y tengo que marcharme.

Gandalf corría de un lado a otro de la habitación enfurecido.

—Por favor, no -decía ella. A todos les pasa igual.

Me levanté en estado de pánico y avancé hasta la puerta. Gandalf seguía moviéndose de un lado a otro. Con cara rabiosa. Mientras me ponía las zapatillas fijé mi vista en el suelo par evitar contacto visual. Su respuesta fue agacharse. Puso su cara en ese mismo punto del suelo donde yo miraba. Descompuesto, rabioso, con los ojos desencajados.

—Ábreme la puerta por favor. Quiero marcharme ya.

Pensé si en la habitación que había al lado almacenaban los cuerpos de incautos como yo que accedían a tomarse un té. Gandalf se acercó. Abrió los cerrojos con dignidad y antes de que pudiese salir por la puerta me estrelló en el pecho el dibujo del obispo con los dientes afilados y el euro en la frente.

Salí corriendo tan rápido como me permitió el miedo. Hasta que no llegué a la Gran Vía no recuperé cierta sensación de seguridad. Cogí entonces el teléfono y llamé a Villalba para confirmar que iba para allá y escuchar una voz que me hiciera sentir bien. De camino en el autobús, me di cuenta de que había perdido el dibujo.

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En cierto modo, me sorprende estar aquí. Yo no escribo poesía, de hecho, de pequeño la odiaba. Odiaba profundamente la rima, la búsqueda cursi de la belleza y odiaba no entender. Poesía era amarillo, rosa, estridencia... Mi pensamiento en cambio, funcionaba con líneas. A lo sumo, negros y oscuros, para buscar lo tenebroso. Eso sí me atraía. Y la verdad. La búsqueda del por qué de las cosas. Desde ese interés pronto me acerqué a la Religión. Más tarde a la Filosofía. Creo que sólo cuando ésta me mostró sus vergüenzas, se produjo mi verdadero encuentro con la Poesía. Con lo poético como forma de dar dignidad a lo que late en la sombra. Violentado por la luz del mediodía. Ahora me ocupo de las tres, a través de las obras de María Zambrano y Muhyiddin Ibn al-Arabi.

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