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EL IRA, AL IGUAL QUE ETA, NO JUEGA AL ESCONDITE

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EL IRA, AL IGUAL QUE ETA, NO JUEGA AL ESCONDITE

No es tarea fácil la de aprender de los errores y no volver a cometerlos, al igual que tampoco es rentable cubrir a los muertos y silenciar a sus asesinos.

Ahora que vuelven a escucharse en Irlanda del Norte tambores de guerra y que se vislumbran a lo lejos los clásicos nubarrones que anuncian la llegada de una fuerte tormenta, no nos queda otra más que hacernos la siguiente y tediosa pregunta: ¿qué es lo que se hizo mal en las calles de Belfast?

Se trataría de una tarea titánica la de abarcar los porqués de movimientos separatistas como el IRA en Irlanda del Norte o ETA en el País Vasco. Igualmente desmedida sería la tarea de tratar de dar respuesta a una pregunta respecto al movimiento independentista catalán. Sin embargo, hay otras cuestiones que sí que deberíamos de plantearnos, todos los ciudadanos, sobre el porqué de su existencia y de su imperdonable resurgimiento. 

La experiencia norirlandesa en el intento por descomponer el IRA empezó a cuajar en unos cruentos años ochenta en los que el brazo militar de la organización empezaba a detectar que su acción armada no alcanzaría los resultados que perseguía. Además, los encuentros secretos con sus dirigentes y la cúpula de la organización criminal pusieron de manifiesto que la amnistía y el espacio político era la única alternativa que se les ofrecía a cambio de abandonar la vía del terror. Y así se aceptó la solución, con sus más y con sus menos, evidenciando las distancias en una población local dividida tanto por razones separatistas históricas como por el modus operandi y los aciagos objetivos civiles de la banda. Sin embargo, con el paso del tiempo y la tendencia a la amnesia generalizada, empiezan a resurgir con fuerza grupos de jóvenes que, o bien desconocen el pánico que generaron las siglas del IRA o bien no fueron informados de los horrores que causaron las acciones de sus antecesores. Y bueno, no es de extrañar que con el fluir de los años se idealice el tiempo pasado y se haga honores a los héroes caídos en batalla. Siempre fue así y, probablemente, siempre lo será. 

Como dice la repetida coletilla “cualquier tiempo pasado fue mejor” y la historia, más que poner al IRA en su lugar, no hace más que esconder los crímenes que se llevaron a cabo bajo las siglas de una organización que castigaba a los opositores a base de cocteles molotov y bombas sin piedad. Murieron panaderos, lecheros, carteros y hasta viandantes que nada tenían que ver con aquello que allí se cocía. Sin olvidar, por supuesto, las cientos o miles de familias que quedaron rotas y que, desde entonces, marcaron su destino a base de fuego y sangre, de miedo y rencor. Al igual que el IRA, ETA fue demonizada hasta tal punto de que sus militantes se consideraban hijos de un país que los había olvidado. Escondidos en cuevas y en casas de poca monta fueron perdiendo su empuje hasta caer en el completo abandono social, en el repudio en algunos casos. Y así se llegó, al igual que en Irlanda del Norte, a un acuerdo obligado con el que escapar de un destino al que se habían visto abocados por su devoción política e ideológica. Ahora bien, no pensemos que el abandono de las armas haya sido nunca la solución total a un problema político e ideológico de muchísimo más calado social. Las bandas terroristas se adaptan, como cualquier otra organización, a los tiempos que corren a su vera y actúan estratégicamente con el fin de alcanzar los objetivos necesarios para su supervivencia y su posterior reactivación. Creer que el IRA, o ETA, se fundieron en el recuerdo para convertirse simplemente en capítulos de un libro de historia que se estudia en los centros de enseñanza secundaria sería tan ridículo como pensar que la memoria de Hitler, Mussolini o Franco desaparecería con su entierro. Sin ir más lejos, en 2011 y portando símbolos de los caballeros templarios, Breivik asesinó a 77 personas en la isla de Utøya luciendo insignias de sectas que recordaban otros tiempos y dejando por escrito un manifiesto que alentaba al odio y a lucha racial. ¿Y qué lección hemos aprendido de todo esto? ¿Por qué se sigue intentando silenciar las ideas políticas y sociales haciéndolas invisibles y evitando que se discutan de forma abierta en un foro social que halle en el diálogo la respuesta a sus heridas abiertas? 

Cuesta comprender que, todavía hoy, no se haya reflexionado como sociedad sobre todos aquellos deleznables crímenes que se cometieron en nombre de ideas políticamente manipuladas. Cuesta creer que se defiendan las armas, siempre cargadas por el diablo, o el castigo retroactivo como solución a un conflicto en el que nunca hubo ni vencedores ni vencidos. Cuesta creer que una nueva generación compuesta, en parte, por jóvenes hastiados y perdidos ante una situación de crisis mundial vean en la confrontación la vía de escape a su frustración y desespero. No es tarea minúscula la de aprender a dialogar o la de entender que, a pesar de no estar de acuerdo, se debe, a veces, dar el brazo a torcer. No es tarea baladí la de redimir los impulsos más animales para solucionar los conflictos y las diferencias sin golpes ni gritos –para eso tenemos ya a algunos políticos– sino sentándose como tribu y llegando a acuerdos donde tanto los unos como los otros den y reciban, cedan y accedan. No es tarea pueril la de aprender a ser persona, la de vivir en un mundo creciente y cambiante que apenas se detiene a ver como amanece o se esconde el sol tras una montaña. No es tarea fácil, a fin de cuentas, la de aprender de los errores y no volver a cometerlos. 

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Poeta, profesor, aventurero y libre pensador, cuando libre. Desde 2016 dirijo y edito la revista poética Retales Amarillos en la que reunimos poetas y poetisas que, desinteresadamente, nos brindan su textos para su expansión internacional.

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