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¿Quién es le joker?

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¿Quién es le joker?

La estrategia posmoderna de la "humanización"

Una posible manera de conceptualizar la oposición entre modernismo y posmodernismo sería por medio de la tensión entre el mito y la «narración de una historia real». El gesto modernista paradigmático es representar un acontecimiento cotidiano común de forma tal que resuene en él algún relato mítico. El gesto posmodernista sería exactamente el contrario representar el propio relato mítico como una acontecimiento ordinario. Mientras que el modernismo afirmó el potencial metafísico de los ingredientes más comunes y vulgares de nuestra experiencia diaria, el posmodernismo es una inversión en el que se vuelve a los grandes motivos míticos, pero estos están privados de resonancia cósmica y son tratados como fragmentos ordinarios que ha de ser manipulados. Esto nos conduce a lo que constituye probablemente el procedimiento posmoderno arquetípico: el de llenar los huecos de los textos clásicos.  Si el modernismo se sirve del mito como marco de referencia interpretativa para su narración contemporánea, el posmodernismo reinterpreta directamente el mito mismo colmando sus lagunas.

Esta tentación posmoderna por imaginar toda la narración que está detrás del mito (El joker), y rodar un película que llene estos vacíos es, empero, bastante arriesgada.¿Por qué es falsa esta visión supuestamente real del Joker posmoderno?¿por incluir una suerte visión retroactiva distorsionada? porque nunca se da una experiencia plena del mito en el presente. El mito, una estructura mítica, surge siempre, por definición, como una memoria, como la reconstrucción retroactiva de algo que, cuando  «tuvo lugar realmente», era sencillamente un jugo vulgar y común de pasiones.

Al final de la película de Christopher Nolan El caballero oscuro, donde también se «humaniza» al superhéroe presentándolo lleno de dudas y debilidades, muere el fiscal del distrito, Harvey Dent, un obsesivo vigilante de la ley de la calle que se volvió un corrupto y había cometido varios asesinatos. Batman y su amigo de la policía, Gordon, se dan cuenta de la pérdida de moral que sufriría la ciudad si se llegaran a conocer los crímenes de Dent. Por ello, Batman convence a Gordon para preservar la imagen de Dent haciendo que Batman aparezca como el responsable de esos asesinatos; Gordon destruye la Bat-Señal y comienza una cacería en persecución de Batman. Esta necesidad de perpetuar una mentira para mantener en pie la moral pública es el mensaje final de la película: solamente una mentira puede redimirnos. No sorprende que, paradójicamente, la única representación de la verdad sea el]oker, el supremo villano. El propósito de sus ataques terroristas sobre la ciudad de Gotham está claro: sus ataques no pararán hasta que Batman se quite la máscara y revele su verdadera identidad. Para evitar esta revelación y proteger así a Batman, Dent cuenta a la prensa que él es Batman, otra mentira. Para poder atrapar al Joker, Gordon escenifica su propia (falsa) muerte, otra mentira más.

¿Qué representa entonces el joker, que quiere develar la verdad oculta por la máscara, convencido de que esa revelación destruirá el orden social? Él no es un hombre sin máscara, sino, por el contrario, un hombre totalmente identificado con su máscara, un hombre que es su máscara, debajo de la cual no hay nada, no hay ningún «tipo normal». Por eso el Joker no tiene una historia detrás y carece de una motivación clara: a cada uno le cuenta una historia diferente sobre sus cicatrices, burlándose de la idea de que algún profundo trauma sea la causa de su comportamiento.

Las «historias que nos contamos a nosotros mismos sobre nosotros mismos» sirven para confundir la verdadera dimensión ética de nuestros actos. El sentido común nos dice que las vidas reales de la gente, de los individuos reales, con su riqueza de experiencias y prácticas, no pueden reducirse a una «espontánea» suplantación de la ideología. Pero precisamente este recurso al mundo-vida no ideológico es lo que hay que abandonar. Por eso, el consejo de Elfriede Jelinek a los dramaturgos no es solamente estéticamente correcto, sino que tiene una profunda justificación ética:

«Los personajes en el escenario deberían ser planos, como los vestidos en un pase de modelos: lo que obtienes de ellos no debería ser más que lo que ves. El realismo psicológico es repulsivo porque nos permite escapara la dificultad de digerir la realidad por medio de refugiarse en la «ampulosidad» de la personalidad, haciendo que nosotros mismos nos perdamos en la profundidad del carácter individual. La tarea del escritor es bloquear esa maniobra, espantarnos hacia un punto desde el que podemos ver el horror con un ojo desapasionado»

La figura de dirigentes actuales como Trump un dirigente «humano, todo él demasiado humano» es decisiva. Si nuestro escenario político está dividido entre la tecnocracia permisiva liberal y el populismo fundamentalista, el mayor éxito de figuras como esta es haber unido ambos, haber capturado ambos al mismo tiempo. Posiblemente sea esta combinación lo que los hace imbatibles, por lo menos en un futuro próximo: su democracia es la democracia de aquellos que, por así decirlo, ganan por abandono, de los que gobiernan por medio de la cínica desmoralización.

Lo que hace que estas figuras sean tan interesante como fenómeno político es el hecho de que, siendo políticos muy  poderosos en su países, actúan cada vez con menos vergüenza: no sólo ignoran o neutralizan cualquier investigación legal de las actividades criminales que supuestamente han apoyado sus intereses empresariales privados, sino que también socava sistemáticamente la dignidad básica asociada con el hecho de ser la cabeza del Estado. La dignidad de los políticos clásicos está fundamentada en su elevación por encima del juego de intereses particulares de la sociedad civil: la política está «distanciada» de la sociedad civil, se presenta a sí misma como la esfera ideal del citoyen, en contraste con el conflicto de intereses egoístas que caracterizan al bourgeois. Estas figuras han abolido, de hecho, este distanciamiento: el poder del Estado es ejercido directamente por la base bourgeois que, despiadada y abiertamente, lo explota como una manera de proteger sus intereses económicos, y que lava los trapos sucios de sus problemas matrimoniales siguiendo la moda de un vulgar reality show frente a millones de personas que los observan en las pantallas de sus televisores.

Tendríamos que resistir las ganas de llenar el vacío con la rica textura de lo que nos hace una persona. El enfoque sobre la traumática experiencia del perpetrador nos permite obliterar todo el trasfondo ético-político del conflicto Hay una línea muy delgada que separa esta «humanización» de una resignada aceptación del hecho de mentir como principio social: lo que importa en semejante «humanizado» universo es la auténtica experiencia íntima, no la verdad. La pregunta que hay que hacer aquí es: ¿de dónde procede, en este preciso momento, esta renovada necesidad de la mentira para mantener el sistema social? El objeto de semejante humanización es hacer hincapié en la brecha entre la compleja realidad de la persona y el papel que tiene que desempeñar en contra de su verdadera naturaleza.

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