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La Poesia

El verso más bello de la historia.

Cuento

El verso más bello de la historia.

Efe Navas ha escrito «El verso más bello de la historia» como relato integrado en su próximo poemario. Se publicará junto a otros cuentos y poemas este año 2021.

Hoy he escrito el verso más bello y conmovedor de la historia sentado en el piso alto del autobús 266. Me dirigía a Cricklewood Broadway desde la zona de Harlesden en mi tránsito diario a tomar café y en el ejercicio habitual de escritura automática brotó por sí mismo, tan esbelto y perfecto que sencillamente lo consideré ya en ese momento nacido de la fuerza inspiradora del mismísimo Dios. Siempre voy por la mañana aunque queda lejos, y eso que ahora no abren los establecimientos por la pandemia y tomo mi expreso allí para llevar, pero es que es el mismo viaje en sí para mí el principal entretenimiento, pues lo dedico básicamente a escribir.
Iba solo a excepción de otro pasajero que parecía dormido y estaba ubicado detrás de mí en los últimos asientos, encapuchado y vestido con un chándal. Se trataba de un individuo negro de unos treinta y cinco años muy corpulento y de aspecto algo zarrapastroso, como con pinta de maleante, que escuchaba música por los auriculares con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventana. Pasaba justo por la biblioteca de Willesden Green e iba sin mascarilla, me había acomodado dejando mis bártulos a un lado y esta persona se mantuvo ajena a mí hasta que di con la última línea y el poema quedó ante mis ojos en la pantalla, expresando esa inmensa ternura, la más poderosa sensibilidad jamás conocida. Lloré, empecé a llorar a moco tendido y lanzando gemidos altos, y el negro corpulento se desveló de su letargo y me miró fijamente. Sentí la necesidad de compartir tanta hermosura con el mundo y seguí sollozando cuando me acerqué a él, que estaba como atónito y con los auriculares quitados ya, y le dije:
-Lee esto.
-¿Perdón?
-Sé que no nos conocemos, pero necesito que leas esto.
-¿Quién cojones eres y por qué tengo que leer nada?
-Solo empieza por esta primera línea. – Acerqué el teléfono y señalé la pantalla.
-Aparta o te pego un bofetón subnormal.
-Por favor, solo es leerlo y te dejaré en paz.
-He dicho que mantengas la distancia. – Me mantuve en la misma posición y la persona dio un fuerte bandazo al teléfono y lo lanzó por los aires.
-¿Por qué has hecho eso? -Pregunté y el tipo guardó silencio. – ¿Qué por qué has hecho eso? – Le volví a preguntar gritando.
El negro corpulento entonces sencillamente se levantó y de un puñetazo en la cara me tumbó al suelo. Yo quedé derribado en el pasillo mientras él rezongaba algo que no podía entender bien por la conmoción. Pasó de largo pisándome una pierna hasta donde había quedado tirado el teléfono y vi desde la horizontal bajo los asientos cómo lo cogía y con él en la mano volvía donde estaba yo aún semi-inconsciente.
-Lunáticos como tú deberían estar encerrados. No entiendo cómo pueden tocarme siempre a mí todos los locos de la ciudad. Ahora dormirás tranquilo puto esquizofrénico. Que leyera de tu teléfono algo, decías, a ver qué tanto hay escrito aquí. –
Dijo y miró la pantalla. Su rostro se iluminó de paz absoluta de repente, y según terminó de leer la última barra aquel hombre empezó a llorar como una magdalena mientras se golpeaba el pecho y le temblaban las canillas. Me incorporó dulcemente, empezó a palparme con mimo el ojo que tenía ya hinchado y se abrazó fuertemente a mí mientras recobraba otra vez del todo la lucidez.
Lloriqueábamos los dos abrazados cuando las luces del autobús se apagaron y el vehículo se paró. El zumbido del motor cesó y ambos quedamos expectantes sin oír nada más en el silencio sepulcral repentino. Una voz por megafonía dijo en ese instante con tono bronco y robótico “Les pido que dejen de provocar altercados en el autobús y mantengan la calma. La policía llegará en cualquier momento”.
El hombre me soltó, bajó de inmediato a donde estaba el conductor y yo pude también seguirle. Tenía mi teléfono, llevaba consigo el verso más bello de la historia, todo un poder, y lo golpeaba contra la mampara mientras le gritaba a aquel señor con boina, probablemente paquistaní, viejo y malhumorado, que se mantenía callado. El tipo negro daba toques con la pantalla en el plástico y le decía repetitivamente que no llamara a la policía, que para comprender bien del todo lo que estaba ocurriendo tenía que leer el poema.
-La policía ya está de camino. Es mejor para todos que estéis ambos tranquilos.
-Pero no lo entiende señor. Ha sido simplemente un malentendido y ya estamos más que tranquilos. Solo necesito que lea la primera línea de este verso y no le molestaré más.
-Que lea ese verso.
-Sí. – Respondimos al unísono el tipo y yo.
-No puedo si no abro la mampara. Es un protocolo estricto que he de respetar.
-¿Qué más da el protocolo? Ármese de humanidad por Dios. – Dije yo.
-Está bien. Intente pegar más el teléfono y no haga ningún movimiento extraño. Solo póselo en la ventanilla. – El hombre hizo exactamente lo que dijo el conductor.
-No lo veo bien.
-¿Cómo que no? Espere que lo acerco más. – Pegó sin mucho éxito más el teléfono a la mampara.
-¿Pero y por qué no me lo lee usted mismo?
-Déjame el teléfono a mí, amigo. – El hombre negro me devolvió el teléfono y yo lo pasé hasta el otro lado por la ranura del cambio – Léalo ahora por favor.
Con la prontitud con que aquel viejo conductor terminó el poema empezó a echar lágrimas tendidas y a lanzar bendiciones entre sollozos, abrió la mampara del autobús, aún parado en la avenida, y se nos echó encima para darnos un intenso abrazo a ambos. El repiqueteo de unos nudillos sobre el cristal de la puerta del vehículo nos alertó a los tres, quienes giramos la mirada y vimos fuera con gesto de absoluto desconcierto a dos agentes de policía.
-¿Qué está pasando aquí?
-Nada señor agente. Finalmente no hay nada que reportar. – Dijo el conductor.
-Ha llamado hace exactamente diez minutos diciendo que un individuo negro corpulento había agredido a otro blanco de complexión asténica. Estos dos sujetos con los que se está abrazando encajan a la perfección con ese perfil y creo que merezco una explicación.
-Lea esto señor. – el viejo le pasó el teléfono al agente quien miró a la pantalla y dijo –
-No puedo. Está apagado.
-¿Cómo que está apagado? – Añadí yo y el agente me devolvió el aparato que efectivamente parecía no tener ya batería.
-De acuerdo señores. Dado que entendemos que nadie va a presentar cargos nos vamos a retirar. Que tengan buena mañana.
Los agentes se marcharon y todos volvimos sin mediar más palabra, como consternados y fríos de repente a nuestros asientos, el conductor al del interior de la cabina y el tipo negro de nuevo a la última fila del piso alto del autobús. Intenté hacer reaccionar el teléfono el tiempo restante que tardé en llegar a la cafetería de Cricklewood, mientras me curaba el golpe y me tomaba mi café de la mañana, a mi vuelta de nuevo en el bus, ansioso por dilucidar qué hacer con tan preciado tesoro, un poder quizás incontrolable, un arma que podría cambiar en días el planeta entero.
Ahora, llegado ya a casa, mientras escribo estas palabras con el aparato cargando, guardo todavía el poema en un archivo aparte y espero a tomar esa decisión para abrirlo y compartirlo con todos o simplemente borrarlo. Pero eso es algo que prefiero abordar más adelante por que en este momento solo puedo paladear en el recuerdo las frases e imágenes puntuales que me sobrevienen aún del texto y retenerlo ahí. Me recreo en la deliciosa sensación de saberme creador del que es y será sin duda siempre el verso más bello y conmovedor de la historia.

El verso más bello de la historia.
Efe Navas.
Londres – 07/02/2021

Pensador turbio, con intenciones siempre buenas, se sirve del Rap para hacerse ver. En realidad lo que escribe es solo una forma de llamar tu atención.

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