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La Poesia

La pérdida de la inocencia

Cuento

La pérdida de la inocencia

“…Black eyes open wide
It’s time to testify
There’s no room for life
And everyone’s waiting for you…”

Black Eyes, Bradley Cooper

 

Estaba todo en un mismo saco. Quiero decir… Yo lo vivía así, pero sé que no estaba dentro todo de un mismo saco, es sólo que había cosas que ya conocía de antes. La misma maleta de viaje para huir de las desgracias, sus pendientes, el gris que alumbraba la calle a juego con el color de la acera, el ruido también gris casi todo el tiempo. Las nubes, en lo alto, era lo único que salvaba mi imaginación de no morir sin vivir el síndrome de Stendhal. Quizás también los pájaros, creo que había vencejos y golondrinas, algún tordillo también.

Había más recursos, más objetos… No recuerdo bien. Fue todo muy rápido.

Había… había poca batería, no sé si tenía batería en mi teléfono, o no funcionaba, puede que incluso lo perdiera ese mismo día. El caso es que yo no podía llamar a nadie ese día, era completamente incapaz de comunicarme, como un espectador. Pero yo sabía perfectamente lo que iba a ocurrir, era como si mi inconsciente lo hubiera estado planeando en secreto durante meses.

Al otro lado de mi cuerpo, un caracol repasaba un sendero que bien podría ser el surco de los pasos del hombre, los de cualquiera. En un zigzag, a veces en una espiral, sentir desesperanzado entre la naturaleza salvaje y la ciudad-desastre, desordenada por legitimar la pluma que lo alza, o la espada, quién sabe.

Ella cogió aquella maleta y se marchó con aquel desconocido que ya aparentaba hermano. Vecino de carne como lo fue Ricardo León de la literatura, o del pueblo donde murió.

Ella era toda roca en un desfiladero. O quizás el aire chocando contra él, o el suelo que había debajo, no lo sé. Ya era tarde de algo, quizás ya estaba presente un castigo tan grande como su pérdida, no recuerdo bién, no estoy seguro.

Otro vuelo perdido.

Mi tren con retraso.

El bus se aproxima. Y ya la veo bajar la calle.

Él le ofrece no se qué flores. La mantienen embelesada. Flores. Flores. Flores, le gustaban las flores.

¡Estoy convencido de que no son rosas! Aunque el color lo sustente, la verdad no se maquilla.

Ya no sé qué guardar entre mis anhelos. Se ha ido otro sueño. Éste que era tan exacto al ruido de la Babilonia paseante.

No es suficiente.

Hay un silencio, una certeza, algún miedo arcano, pájaros dando vueltas en mi cabeza, igual que los de la ventana… Un árbol que se mantiene recto pese a la nuevas formas onduladas de las farolas.

Miro a las nubes, sin prestar atención a otra cosa. Los pájaros dibujan un territorio onírico, como si de las plumas de Dios se tratara, inventando destellos de una noche en un sueño lejano pero tremendamente real. Me viene a la mente la imagen mi juventud; subido al alfeizar de una ventana y con una sombra enorme, que me abraza. Parece que el aire me susurra algo al oído, mi canción de ciudad dormitorio.

De fondo, el violín y el piano de mi vecina, ofertando las nuevas sílabas para mi vocabulario. El viento, vacío, el silencio.

Quizás no sea tarde, pero quizás… quizás sea tarde para decirle lo que esconde el sol al que se abraza, está tranquila pero no está segura. El hombre al que se aproxima. Ese hermano que tan cerca siento aunque no me corresponda. Por un momento mi cuerpo avanza pero no soy yo el que camina, mi cuerpo avanza y se mueve pero yo me quedo inmóvil, paralizado, como cayéndome en un agujero, en un pozo desde el que puedo ver todo pero no soy consciente de lo que está pasando fuera, cada vez más lejos de todo, menos de los pájaros, los pájaros están conmigo todo el tiempo.

Quizás si pudiera echar mano de mis propios recursos, si pudiera agarrarme a esas plumas y gobernar alguno de los actos, el vuelo; si pudiera detener todo un instante y volver ahí, si tuviera la palabra exacta de un poeta, la que dinamita espacio y tiempo, la pausa, su holgura de orfebre, la tarde que se avecina.

Quizás…

Si no estuviera pasando todo como en un vídeo de teatro, si en realidad hubiera sido un sueño y me hubiera dado cuenta a tiempo y no al revés…

Entonces, ella se daría la vuelta, tiraría la droga que lo engaña y me la daría a mí o a alguno de mis amigos, que sabrían perfectamente qué hacer con ella, admitiría que somos barro seco aproximándose al final de la lluvia… Y sin mediar otra palabra que el eco de los corazones hambrientos.

Me abrazará. ¿Lo ves?

Y entonces, la vería.

¿Doctora?

 

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