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La Poesia

Literatura

MAR DE FONDO

MAR DE FONDO

MAR DE FONDO

 

No es que aquí se esté mal,

hay aire, algunos tragos de sol;

no faltan las golondrinas al verano

ni lo blanco a la nube.

No siempre huele a orines el polvo,

los perros son como todos los perros de todos los poblados ficticios,

te saludan al pasar y se sacan los sombreros

mientras mascullan un solemne <<señor>>;

pero yo no estoy aquí.

En verdad que no es tan malo este lugar;

cuando llueve, el mezquite y el pirul

se emborrachan en un verde imaginario

que se extirpan de debajo las enaguas y tanta espera,

y se ponen a bailar como dos matachines que se olvidaron del suelo.

Hay un invierno y después una primavera,

y sabes que llega por el azahar: es como si en los dedos de los naranjos

Dios se convirtiera en uña y aliento.

Hay iglesias de palitos de paleta, puteros y hombres dispuestos a matarte

con un cincuenta por ciento de descuento

si presentas tu credencial de estudiante;

hay filas para todo, remolinos que asaltan tendederos

y un zaguán metastásico donde el alma en un cigarro

sube al cielo y llena de amarillos los celos del Espíritu Santo.

Hay galaxias de semáforos y limpiaparabrisas con doctorados,

atardeceres que casi son bellos y altoparlantes en cada ventana;

hay trenes que solo cargan penas

y puentes peatonales donde sueñan los suicidas…

te digo que este lugar no es tan malo. Tiene cimas azules

por sobre las legiones de antenas, que te gritan ¡sube, sube!,

pero al llegar, la risa y la esperanza mueren como el colibrí en la jaula:

no existe un mar.

Este lugar, yo ya no sé cómo se llama, no es tan malo,

mas su vocación de limbo y paredón

se niega a entender que yo no estoy aquí

que allá me quedé, en el océano;

que a esta hora de la mañana soy una carcajada que baila con las gaviotas;

que mi carne no es mi carne

que mis huesos se volvieron sal

que mi alma caracol, que pertenezco al mar

y yo no soy yo. Yo no estoy aquí;

aquí sólo una fosa, cadáveres bañados en cal.

No es este un mal lugar, es el infierno;

tiene todos los colores de las soledades

y una cama donde leo, cojo, duermo y me masturbo;

tiene higos pequeñitos y amenazas de guayaba…

No es un mal sitio

pero en cada poste telefónico, en cada alcantarilla, vitrina y gesto

pone que va amputarme de la boca el mar

que va a arrancarme del nombre el mar

y que yo sí estoy aquí.

Que yo sí soy éste que vaga llantos tierra adentro,

fumándose las horas que en el ombligo se le secan

como tres gotas de muerto esperma, muerto.

Que sí, que soy un muerto

que se escribe cartas a sí mismo en lo fresco de la morgue

desde dentro de un zapato

desde lo indigesto en la botella

desde ya nunca recuerdo…

No, no es este un mal lugar,

y no obstante <<¿qué eres? ¿Quién eres?>> me increpan

imprecisos rostros en las calles. Y yo corro

y me oculto en la primer esquina que se deja comprar

y me abrazo a lo terrible de mis rodillas

y agazapado y llorando a todo le grito: <<¡Yo no estoy aquí!

¡Yo no estoy aquí! Yo no soy yo>>.

 

 

 

Daniel Mendoza, 2018 Mar de fondo

Yo nada soy —¿Quién soy?—. Una gota de agua que se evapora en el desierto, acaso. El grito parturiente de un recuerdo que se despeña en los fosos de la memoria. Un día que cae llorando, cae por siempre, y caigo yo. Lo mismo que el desierto yo soy nada y lo soy todo. Espejismo del ocaso habiendo vivido un día. Habiendo vivido un día, me voy yendo con la noche. Contracorriente, frío y vil, nada yo soy, acaso de un tibio cadáver reminiscencia. Daniel Mendoza

2 Comments

2 Comments

  1. th

    30 junio, 2019 at 4:18 am

    VIAJE HELÍCIDO
    Lo encontré en una de mis caminatas por la playa sola,
    mientras cabizbaja pensaba en lo fugaz de las bellas horas.
    Sólo así, mirando bajo, pude verlo,
    y al hacerlo me sorprendió hallarlo allí,
    desde hace rato, a mi lado, caminando lento.
    Jamás conocí alguno de su especie,
    antes me parecían todos iguales,
    pero éste era diferente.
    Llevábamos casi el mismo paso
    de procesión fúnebre de mortaja ausente.
    Parecía arrastrar en su caparazón miles de historias,
    o quizá, como yo, una sola, tan pesada que llenó su corazón
    sin dejarle espacio para otra,
    convirtiéndola en su propia historia.
    Hipnotizada por la complicidad de mi compañero silente,
    levanté la mirada al horizonte,
    y con sereno goce divisé la felicidad del mar
    que se funde en una línea con el cielo,
    mientras la brisa acariciaba mi rostro
    impermeable al sol ardiente,
    con mi cabello recogido, aún húmedo,
    sentía el roce de cientos de granos de arena
    que el viento incrustaba en mis brazos descubiertos,
    cruzados, separándome de todo siempre.
    Y a mis pies, él seguía allí, reptando íntimo, ausente,
    haciendo zigzag en la vía de arena,
    como luchando con obstáculos transparentes.
    Aminoré el paso para disfrutar de su compañía
    en un lugar que se tornó recipiente
    del rumor de aguas blancas, conciertos sinfónicos tenues,
    que acallaban el eco de las piedras ofendidas
    por la caricia de traviesas olas que jugando dichosas
    contra ellas cantando arremeten.
    Y pasaron minutos, horas, años, siglos,
    hasta que privó el suspenso al sentir en mis pies
    el frío de una ola que se adueñó de la orilla.
    Algo eléctrico sacudió mis venas,
    bajé la mirada mientras del alma me brotaba
    una gruesa lágrima, una pena ardiente:
    había desaparecido sin luchar,
    en su indefensión, estático, se dejó llevar,
    alucinadamente complaciente.
    Era insólito no haberlo yo pensado antes:
    ¡no podía luchar contra la corriente!
    Una lágrima reventó impetuosa sin poderla sujetar
    sobre mis labios apretados contra un reproche desesperado,
    ecolálico, que aguijoneaba mi mente:
    con una sola de mis manos pude rescatarlo,
    con mis dedos, con dos, sólo con uno, con la palma, con mi pecho…
    pero nunca intenté siquiera tocarlo o levantarlo,
    porque él estaba a mi lado y era suficiente:
    era la sombra lateral de mi cuerpo de sal transparente,
    óleo inmortal en los resquicios de un pasado sin presente.
    Nada quedó de aquello apareado
    que rozó mis sueños celestiales indigentes.
    Cerré los ojos para despertar y los abrí de nuevo.
    Todo fue cierto. No lo imaginé: él había estado allí
    y se había ido para siempre.
    Ahora tenía que seguir sola
    en el camino eterno de la nada
    sin partida, sin destino, sin retorno, sin salida, sin mañana…
    Me senté en la arena a contemplar
    mis manos vacías antes llenas,
    y me dormí en una almohada de arena.
    Fui oruga diminuta que se volvió mariposa
    poderosa en el viento sobre una pendiente.
    Y ante mis ojos apareció el caracol
    con su mirada fija y su sonrisa mordaz, complacida,
    abatida, triste, fatal, urgente…
    Y desperté con él, en los caminos de la nada,
    donde la vida repta, se eleva, se sumerge.
    Th/ 2011

  2. Teresa Ramos

    17 julio, 2018 at 10:46 pm

    Te aplaudo con sentimiento y admiración.
    De de tu sombra, soy seguidora
    TRamos

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