Connect with us

La Poesia

Caza al periodista

Actualidad

Caza al periodista

Una de cazadores furtivos

Uno que se creía de derechas, después de izquierdas –sin pasar por el centro– y que se halla más cerca del desapego político que del anarquismo anacrónico –no tanto como solución sino como medio para hacer frente a un sistema en sí autodestructivo–, queda amargamente perplejo al comprobar que los medios radiofónicos de los que cada mañana se nutre, tratan con ligereza, descuido y una desalmada banalidad, sucesos que, si bien en el desvelo de una madrugada se desean, nunca deberían llegar a hacerse realidad.

 

Mofarse del derecho fundamental a la vida y celebrar cualquiera de quien sea el devengo de la muerte implica, intrínsecamente, la completa perdida de los principios profesionales de credibilidad y, por ende, el fin y sentido último de la actividad periodística.

 

Déjenme que me explique:

Un cazador furtivo ha sido devorado por unos leones tras ser envestido por el elefante al que intentaba dar caza.

África (2019).

 

Odio cualquier forma de abuso en la que un ser ejerza violencia sobre otro. Odio las corridas de toros –sí, en más de una ocasión he deseado la muerte de algún torero aunque, y aquí radica la paradoja de lo que intento formular, nunca he deseado la muerte ni de uno solo de esos cabrones–. Odio la caza furtiva. Odio a los que cuelgan a los galgos de los robles, a los que pisan hormigas sin preocuparse –por muy pequeños e insignificantes que puedan parecer esos insectos– o los que sodomizan animales a base de látigo y castigo. Odio la ornamenta como decoración, la ingesta de carne en base a los criterios de la industria de producción en masa –con lo que ello implica para las condiciones de no vida de los animales–. Rechazo, básicamente, cualquier acto que implique truncar la vida de un ser vivo de forma desproporcionadamente violenta. Rechazo hacer sufrir a cualquier ser vivo así como el sometimiento a condiciones de vida que se sostengan sobre el hacinamiento, la explotación, la sobrealimentación o la manipulación genética. Me opongo, en resumidas cuentas, a lo que vaya en contra del sentido común –¡oh!, sentido común, que falta nos haces en estos días–.

 

Antes de continuar debo aclarar: como cabezas verdes –lechugas para los menos luchos– y otro     tipo de productos que, para muchos, son propios de la dieta de una vaca o un burro –y qué bellos son los burros, por cierto–. Esporádicamente, también como carne si bien, en mi caso, proveniente del acuerdo tácito de un cazador que, a cambio de recibir el derecho de disparar al excedente de renos que amenazan el equilibrio del ecosistema en los espesos y frondosos bosques de Svealand, permuta su actividad con la entrega de unos kilos de dicha carne al propietario que le brinda las tierras para tal actividad –véase aquí, para los más curiosos, lo relativo al denominado Allemansrätten, es decir, el derecho de todos del acceso a la naturaleza–.

 

El caso es que dieron la noticia temprano, sobre las 07.35, mientras iba sentado en autobús a la escuela en la que enseño el mal español que hablo (soy andaluz, de Zevilla). La locutora y conductora del programa, como de costumbre, dio paso a su colaborador –quien a media luz presenta algunas noticas breves– el cual leyó con mofa, y no con poca saña, la noticia sobre la muerte del malnacido cazador de elefantes.

 

Debo reconocer que, por milésimas de segundo, yo también me alegré.

 

–Un hijo de puta menos– me pasó por la cabeza antes de que cayera en la cuenta de lo que verdaderamente había sucedido. Un elefante había envestido a una persona –un hijo de puta también es una persona, un ser vivo, como lo es una significante hormiga–, unos leones se lo habían zampado y solo habían dejado, gentiles ellos, un pedazo de hueso junto a algunos restos de pantalones sucios –se ve también que  los leones no querían indigestarse–.

 

Y así llegamos al meollo de la cuestión:

 

  1. Todos queremos un mundo mejor: odio –me encanta la palabra odio, la cual nunca practico, por cierto– que las personas se odien pues el odio solo conduce al odio, al igual que la muerte solo conduce a la muerte –si no que se lo digan al pobre desgraciado que ha provocado la redacción de esta crónica–. Odio las religiones, más todavía a la iglesia y, en consecuencia, a cualquier tipo de mafia que se haya apropiado de la palabra del dios al que presuponen representar. Pero, si en algo estoy de acuerdo con el filósofo judío de Nazaret, es en proferir amor al prójimo como receta para todos los males. Un medicamento lento en actuar, en efecto, pero efectivo y persuasivo como el más de los certeros puntos de sutura.

 

  1. Todos queremos que se nos respete aunque, en la mayoría de los casos, se nos olvide el principio básico de funcionamiento de dicha premisa: el respeto al prójimo –maldita palabra con tintes religiosos añadidos –. Si las 7.000 millones de personas que habitan este planeta esperan que se respeten sus ideas y puntos de vista sobre educación, política, organización social y economía, ¿cómo carajo se debe proceder para que todos queden satisfechos cuando simplemente es complicado ponerse de acuerdo con el vecino del quinto? Un elefante se ha cargado a un hijo de puta y, después, unos leones se lo han merendado sin dejar más que algunos pedazos de sus pantalones –y un hueso, que se me olvidaba–, pero, y aun estando a favor del sentido común y en contra de la caza furtiva de animales, ¿de veras hay que mofarse de la muerte de tan desalmado bandido? Muchos diréis que sí –yo también por mis adentros– pero se deben guardar ciertas composturas por el bien del orden social y la paz entre los que deben convivir.

 

  1. Todos tenemos que aprender de una vez por todas –porque en esto consiste el desarrollo y el crecimiento personal– que la energía ni se crea ni se destruye, si no que se transforma. Cualquier desafortunada forma de expresión que incite al rechazo, a la saña, al rencor, a la enemistad, termina por contaminar a la propia persona que lo ejerce; incluso en un claro caso de imbecilismo kafkiano en el que un cobarde retrasado dispara despiadadamente a un elefante, debemos mantener la calma, hacer primar el tan necesitado sentido común, y aprender de ello la moraleja que toda fábula trae adjunta a su final. No me pregunten cuál es, pues yo también la desconozco, pero búsquenla, que para eso recibieron, al menos, un miserable soplo de vida en la cabeza que portan sobre sus maltrechos hombros.

 

Por todo ello, estimados amigos periodistas, respeten su labor informativa y hagan uso de la tan poética ética periodística que tanta falta nos hace en los tiempos convulsos que corren hoy en día.

 

Con todos mis mejores deseos, un radioyente que les aprecia.

 

 

 

 

 

 

Continue Reading

Poeta, profesor, aventurero y libre pensador, cuando libre. Desde 2016 dirijo y edito la revista poética Retales Amarillos en la que reunimos poetas y poetisas que, desinteresadamente, nos brindan su textos para su expansión internacional.

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

More in Actualidad

To Top