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La Poesia

La lucha no se sepulta en cunetas

Poesía

La lucha no se sepulta en cunetas

En memoria y en honor a todx asesinadx por el fascismo y cuyo cuerpo aún no ha sido encontrado por su familia.

Paso de la hoja a la pluma para, tintero toda la sangre a tus pies, imaginarme sus rostros.

Paso del dolor de entenderte, a la pena del no saberte y a la rabia tras tu encuentro.

Paso del futuro a entonces para mirar a los ojos a quien apretó al gatillo. Paso pues a la memoria pa reconocer al malo y el hecho no repetirlo.

He dado el paso. Con una zancada casi tan firme como el fusil asesino apuntando a los verdugos que quisieron eliminar de la partida y de la historia.

He dado el paso y lo veo. A aquel joven desertor de una nación que si poco tenía de grande, aún menos sabía de libertad. A aquel muchacho que escribía proclamas contra el patrón o el cura. A aquel sindicalista y a ese otro maricón.

Y la veo. A la mujer divorciada, puta o bollera. A la culta y a la republicana. A las rosas sin nombre que cambiaron el fregar por el fusil. A la miliciana rapada en su paseo humillante. A la pecadora, a la bruja, que olía la inquisición vestida de camuflaje.

Y lo veo. Al jornalero que mucho de jornal y ni una miga de pan que llevarse a la boca. Al poeta que versaba futuros mejores y contaba barbaries que se querían purificar y cuya pluma era motivo pa’ encerrarlos en prisiones.

Y la veo. A la madre arrastrada por el saco de pena que no soporta más dolor. A la mujer que vistió de luto y veló un cuerpo que nunca apareció.

Los veo. A todos y a todas. Y veo la cara casi inerte, aunque a veces de gozo, de los fascistas uniformados que gritaban FUEGO y apagaron sus vidas.

Cada paredón, cada fosa, cada cuneta. Cada chivato de turno, el vecino cristiano y la lista de muerte. Cada persona deshumanizada, arrebatada de sus días naturales restantes, de su crecimiento, su boda, su vejez. Cada persona arrojada al primer hueco de arena pa’ hacinar sin ton ni son.

Y eso llamaban limpieza y decían hacerlo por la patria todo. ¿Pero qué sabrán de patria, borregos del dictador, cegados por cara al sol?

Vestidos de su bandera, manchada de sangre nuestra, teñida a base de tiros.

¿Qué sabrán ellos de unión, si no rompieron el yugo ni brindaban en el bar por la justicia social? ¿Qué sabrán ellos de fuerza, si el legado sepultado se alza siempre a su incoherente discurso? ¿Acaso saben de palabras, si castigaron al poeta y nunca convencieron?

Los veo. Y los sufro. Y las ansias de una venganza instantánea corre por mis venas a una velocidad arroyadora. Y los gritos de justicia se hacen canto mañanero señalando a los asesinos. Que descansan en palacios, en cortijos y fábricas y nunca fueron ni acusados.

Y los siento. Porque su pensar recorre mis entrañas y me remueve la necesidad vital de eliminar de la partida un fascismo que nunca se erradicó. Ni la peste fue tan sanguinárea.

Y los recuerdo, mientras por la ventanilla bajada del coche observo las cunetas llanas donde quizá sí o quizá no. Donde puede que alguien, como recuerdo incesable, sepa de cuerpos. O esa viuda con sus flores, por Carretera Almería, sin saber dónde descansa su último amor.

Y los honro. Con cada freno al fascismo y a sus secuaces cobardes que nunca fueron de frente. Y los lucho, aferrándome al voto que ellas me dieron, a la palabra que dejaron en herencia los poetas que la arena sepultó y las cartas perdidas que se escribían en las rejas de una prisión, literal o no.

Y lo cuento. La historia contada por el bando silenciado. Poniendo nombres y apellidos a esos hijos puta que apretaron el gatillo y cuyo listado siempre ha sido quemado, perdido u ocultado. La historia escrita por el pobre, la puta y la guerrillera. Por la comunidad Lgtb y los trabajadores. Por los buenos. Por el pueblo.

Os recordamos. Nunca seréis polvo.

Algún día serán juzgados.

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