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La Poesia

Literatura

N.

 

Anoche en el sueño subía y bajaba tu cuerpa –ancestral- sobre mi espalda. Venías a verme sin mediar palabra, sin abrir el gesto ni siquiera para esconderlo, sin recoger la sangre en su habitáculo esencial. Estabas tan llena, tan excesiva, tan turbia y clara y distinta al mismo tiempo. Venías a rescatarme de las últimas estampidas, pensaba entonces en habitaciones de hotel a las que nunca fuimos. Por falta de espacio, no de tiempo. Pensaba en evitar para siempre las repeticiones, los lugares comunes, los viajes de ida y vuelta sin ser transformadas para siempre y ya de una vez por todas. Pensaba en no volver a hacerlo más; en volver a hacerlo una vez más, sin el convencimiento de que aquella fuera la última, o quizá en un tren de salida en pistoletazo fugaz que no llegará a sentirse del todo transformada, pues se encontrará a sí misma inmersa ya en una transformación constante.

Al fin de la historia descubrimos que no hay historia cerrada ni por cerrarse. Que nada se acaba; que sólo nos comenzamos en otra parte.

Y me pregunto…

Cuándo se estaba abriendo entre tú y yo una flor de vida velocísima, de primavera anticipada a un invierno feroz, de algo que sentí que no podría acabar y que siento que no sabré por dónde empezar. De lunas plenas inagotables, sucediéndose unas a otras, de la insólita –nunca antes vista; nunca antes vivida- experiencia de encontrarse cara a cara, cuerpa a cuerpa, detenidas en el asombro de estar dentro de otro verbo sin pronombres, de un amor como un incendio, sin salvación pero también sin territorio a extinguir bajo las llamas. A pesar del diluvio, sobre la mezcla empantanada entre bosque y ciudad de parques como simulacros, de bares sin sueño. Si no había nada que agotar, sino había nada que salvar, ¿qué o quién estaba vibrando en la cuerda floja, temerosa de caer, disfrutando la caída y renegando del impacto?

Es igual la palabra, me digo. Al tenerla frente a ti, o a ti frente a ella, se deshacen los muros subjetivos que andaban enredándonos, enredándolo todo. Se alza la voz de lo misterioso sin altar

o de altar sin sacrificios.

Dos almas o dos mentes viviendo en la dicotomía, en lo binario, en el todo o nada sin permanencia de lo alcanzado poco a poco, de los pequeños pasos. Dos viviendo la misma brecha sólo que en planos distintos, separando; supurando realidades distintas, colocando a su manera –diferente- el punto y aparte.

Detenidas en una espesura sin nombre ni apuntador, me pregunto. ¿Cuándo empezó la función, cuántas capas de cebolla entre la escena y nosotras, espectadoras de nuestra propia historia sin jamás llevar las riendas del argumento?

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1 Comment

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    23 febrero, 2018 at 2:06 pm

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