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La Poesia

Relato

Jueves

Siempre le había parecido que morirse era de mala educación, como de mal gusto. Pero morirse un jueves… ¡eso ya es mala leche! La gente solía tener ya planificado el fin de semana, era el día de hacer algunas compras y luego salir a tomar una cerveza o a picar algo. Y hablando de compras… todavía le debía mil pesetas a Ramón el de la panadería. Pues ya difícil que pudiera dárselas. De verdad, que manera más tonta de morirse, un día estás bien y al otro ¡plaf! un dolor agudo en el pecho y para el otro barrio. Y no podía haber sido un lunes o incluso un martes, no… tenía que ser un jueves, justo el día que Paquita, la de la pastelería de la esquina, hacía esos bollos de chocolate que tanto le gustaban. Bajaba por la mañana temprano a comprar el periódico y, como quien no quiere la cosa, se dejaba arrastrar por el suave olor que inundaba toda la acera, y siempre se compraba dos: uno para comérselo allí mismo y otro al llegar a casa, con un café recién hecho y el periódico.

Ya no podría hacerlo más, con lo majo que era, en fin, no somos nadie, a todos nos llega la hora… ahora tocaba aguantar las mismas frases de siempre, vacías y usadas hasta la saciedad, pero que como nadie sabía muy bien qué decir, pues así salían del paso. Apretones de manos a ellos, abrazos y besos a ellas. Al fin y al cabo era querido en el barrio, y le iban a echar de menos.

Los de la funeraria se portaron bien, como siempre. Más frases vacías, caras largas de ojalá pase esto pronto y la inevitable burocracia que con los nervios del momento no daba tiempo a empañar de sucio y truculento negocio algo que al fin y al cabo era inevitable. Le vistieron muy bien, con un traje azul marino y una corbata que había en su armario y, dadas las circunstancias, se podría decir que hasta estaba guapo. Los trajes siempre le habían quedado bien, aunque hacía tiempo que no se ponía uno, salvo en las grandes ocasiones, las cuales tampoco eran demasiadas.

El rato del tanatorio era quizá la peor parte, porque no sabía uno muy bien qué hacer. De vez en cuando se escuchaba una risa nerviosa o un murmullo más alto que otro, inevitables cuando los no muy allegados se juntaban tras haber dado el pésame de rigor, y poco más se podía hacer tanto por unos como por otros, pero que tampoco llegaban a molestar, pues estaban todos ensimismados en sus propios asuntos, seguramente pensando en cómo salir de allí sin armar mucho escandalo, pues la partida de mus de los jueves en el bar de Manuel era (casi) imperdonable.

No le gustaron nada las flores que le pusieron. ¿Flores blancas? Por el amor de Dios, cualquiera que le hubiera conocido un poco sabía que sus favoritas eran las rojas, mucho más elegantes y socorridas que unas vulgares flores blancas. Ahora ya no se podía hacer nada, no iban a andar quitando unas y poniendo otras, pero vaya fallo. De haberlo sabido, se lo habría dicho a alguien para que eso no pasara. Al menos la tapa estaba cerrada, eso sí que era de mal gusto, ver ahí al finado con ese color cerúleo que poco tenía que ver con el recuerdo que la gente quería llevarse. La foto que habían puesto no estaba mal, tampoco era de las mejores, pero le gustaba. Si no fuera por las malditas flores blancas…

Ya empezaba a irse la gente, más abrazos, despedidas, y todos mirando hacia otro lado, no sabiendo muy bien cómo hacerlo sin que fuese violento, pero es que la partida empezaba a las seis, y ya casi llegaban tarde.

Se quedó todo en silencio, casi a oscuras salvo por una luz tenue que entraba por los ventanales y entonces, en ese preciso instante, se dio cuenta de que se había muerto sin haber cerrado el gas.

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Un loco que empezó con escritura emocional y automática hasta que un día Jesús Urceloy hizo explotar su cabeza y le descubrió que tal vez llevaba algún tiempo escribiendo poesía sin saberlo. Ha escrito su primer poemario, que está pendiente de publicación, y sigue delirando versos sobre el papel en blanco siempre que su (maldita) musa se lo permite.

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